La soledad urbana

¿Qué ocurre en el individuo cuando llega a ser del todo desconocido para los demás? La muerte social en la ciudad es no ser reconocido, reclamado, por nadie. Se revela como la muerte chamánica de las tribus, y el ciudadano lo sabe y lo presiente, y de ahí que la soledad urbana produzca un espanto particular: uno no está solo porque no haya otro ser humano, como podría suceder en una montaña en la que se ha quedado aislado y solo por accidente. Ahí uno está solo pero se sabe reclamado por los suyos, que no están.
En la ciudad la soledad es distinta. Se da al lado de otros, que sí se conocen y se reclaman entre ellos. Esto genera en el individuo aislado la sensación de anomalía. Uno está solo, no como los demás, es raro, no como los demás. Dos de los temores más desagradables para el ser social que es el ser humano: ser diferente, estar solo.
La ciudad como espejo de ojos que no reconocen, la multitud que no ve. El individuo que se afantasma. La ciudad que le muestra su irrelevancia, su rareza. El que está solo en la urbe está más solo que en cualquier otro lugar. No hay contacto virtual que palie la angustia urbana.
Los ciudadanos se agrupan en corpúsculos, en redes de relaciones más o menos extensas. La ciudad puede ser infernal sin estas conexiones. En esto quizá es opuesta al pueblo, donde la asfixia puede venir por lo contrario, la excesiva cercanía. Puede uno sentir soledad en una población pequeña, por supuesto, pero es una soledad distinta. Siempre hay un mínimo de relación humana inevitable que en la ciudad puede no darse. La ciudad, donde uno puede ser un desconocido para los demás, es «el lugar donde la identidad se pierde» (W.B.).
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Un comentario en “La soledad urbana

  1. Ciertamente, la soledad se puede sentir en un desierto o en ciudad populosa. Pero “la soledad de dos en compañía”, que diría el poeta, es la más amarga. Es la de quien, pese a estar rodeado de multitudes, no tiene lazo alguno con los otros. Y aun existe una soledad más desoladora: la interior. San Agustín dejó escrito: no salgas fuera, en el interior del hombre habita la Verdad (con mayúscula). Yo, siendo aun joven, presencié una escena que no olvidado después de 50 o 60 años. Moría en una sala de beneficencia del Hospital Civil de Málaga un hombre completamente solo, tal vez un mendigo, pero agarrado a un crucifijo no cesaba de repetir: ¡mi Señor¡ ¡mi señor! ¿Estaba solo aquél hombre?

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