La exposición de Manuel Franquelo


La cajita de té se ha cubierto de polvo. Junto a ella se han embadurnado de tiempo las bolitas sueltas de un viejo collar blanco, un billete inglés, arrugado y manchado por alguna acuarela; también hay unas cuerdas viejas, finas, desgastadas. Todo se ha amontonado en la estantería rota; todos esos recuerdos junto a otros objetos que Manuel no fue capaz de tirar, que se prendieron a él por algún motivo misterioso. Y poco a poco se fue componiendo la belleza, y ya él después la inmortalizó. Ahora todos podemos cautivarnos con esas humildes cosas que a él le conmueven. Como decía el joven Werther, el artista es el que reconoce la belleza y la expresa. ¡Ah, pero qué injusto es el arte! Quedarán esas obras en propiedad de un afortunado, ¡nunca más volveremos a verlas! Después de experimentar el goce, sólo queda conmoverse por el recuerdo. ¡Pero qué recuerdo!

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Pasear por la ciudad

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Me relaja pasear por el campo, hacerlo por la ciudad me sobrecoge. Paseas por ella, entre esos edificios como cajones de una cómoda, y notas que la vida te va reduciendo hasta hacerte notar tu tamaño de átomo mientras caminas entre los otros. Tú, con tu mirada minúscula absorbiendo las vidas de esas personas desconocidas, mirando sus salones, sus habitaciones, desde una calle cualquiera. Ves sus figuras, esas pizcas de su mundo que escapan por azar desde sus ventanas y caen sobre tus ojos, y sobre todo te preguntas si son felices. Luego te corrijes, porque ya aprendiste que la vida no va de eso, y te preguntas si son felices esa noche, o en ese momento. Quizás sí, te dices. Ese igual no, aquel otro tal vez. Todo es tan enorme fuera de ti. Alrededor hay tantos otros. Te sientes sobrecogido, no sabes definirlo mejor, te sientes vivo y a la vez hay una pizca desagradable en estarlo, una inquietud.

Sigues paseando, encogido y diminuto, tratando de regresar la mirada al suelo, y lo siguiente que haces es preguntarte a ti mismo, como si fueras un otro más, si eres feliz, así en general, y eso que ya aprendiste que la vida no va de eso. Pero no puedes evitarlo, y si la vida te reduce a lo minúsculo, esa pregunta lo hace aún más. Para entonces tu estado es más o menos el de un neutrón. Y mientras te regañas por formularte la gran pregunta trampa de la vida humana, vas dejando las casas de los otros atrás, y con ellas el aroma incierto del cuestionamiento. Entras en tu mundo, que te recibe cálido y amoroso; te sientes tan bien ahora. Te recuerdas, algo soliviantado aún pero más sosegado, lo que descubriste pasados los treinta a base de muchas hostias y del vértigo del que aún no te has curado: que la vida, al menos la tuya, no se trata del futuro ni del pasado. La vida no se trata de la vida nunca, sino de cada momento que te acuerdas de notar. Todo lo demás sólo es una idea, y tus preguntas el reflejo de la inexplicable existencia humana.

Familias diminutas

Hay una autopista fatigada que acoge a todos los coches que van cayendo por ese río de cemento. Hay un halo poderoso, una risa cruel sobre cada familia diminuta sentada en ruedas y neumáticos que huelen a fracaso, suponiéndose felices, distraídos, mirando a otras familias diminutas sobre otras ruedas y otros neumáticos de olores inciertos.

Hay un letrero luminoso, electrónico y parpadeante que nunca se apaga, que no deja pensar, que ha robado a las familias diminutas como un cuervo monstruoso e invisible de tres picos y tres plumas y tres rostros opacos. Es tan grande que no se le ve en lo pequeño, pero su risa no puede dejar de escucharse. Sólo si uno cierra los ojos sabe del cuervo fantasma, sólo entonces se da cuenta de que uno va también en un coche, con su propia familia diminuta, sobre ruedas y neumáticos que huelen igual que las de los otros. Uno se da cuenta entonces de que no es felicidad lo que siente en esa autopista fatigada; es como mucho una resignación plácida. La posibilidad de ser felices, es el cuervo quien se la ha llevado. Tristes pobres familias diminutas.

Zapatos propios

Sentir caer de tus manos los animales muertos, los dientes de leche, todo lo demás y que no te importe. Sentir que has crecido irremediablemente, que la vida es una tubería enroscada, sentir su temblor vibrante, caminar. Caminar porque sí, de un lado a otro, por todas las esquinas de tu tiempo. Avanzar, con el alma en guerra con este avance, con los pies ya hechos a los zapatos propios, soñar. Y por fin aceptar, aunque no comprendas, que eres mortal, que acaso todo se acaba en el último aliento. Buscar entonces todos los animales muertos, los dientes de leche y todo lo que se te cayó o tiraste, porque esa y no otra fue tu vida, y aquellos los recuerdos que la conformaron.

Los mundos que se pintan

Hay una pintura en mi mundo que siempre se repite. Todas las pinturas lo hacen. Como todos los mundos que se pintan, sobre todo los desgajados, los destartalados y los difusos. Necesitan contarse. No hay otro modo. Hay pues un espacio en mi lleno de gatos mojados que tiritan. Hay algunos sonidos cristalinos, algo de ansia, un poco de paz. Hay amor. Hay también un teléfono ignorado, un sofá, una mesa, sillas. Hay dos personas, él y yo. Hay un agujero. Polvo y libros. Poemas. Hay un mundo que se repite, que es pintado cada día de la misma forma, contemplado siempre cada noche. Es un mundo en mi que nos contiene a ambos, en un simple gesto, en un pestañeo, hasta la mañana.

Lo incómodo de estar solo

La idea de lo incómodo de la soledad, del miedo a uno mismo, al tiempo con uno mismo. A no poder vaciarlo y llenarlo de otros. Esa idea acojona. Parece que no estamos hechos para estar solos. Es_Sketch-IIo dicen. Que nos asfixiamos al llegar a viejos si no hemos tenido hijos, por ejemplo. Ya sé. Pero la soledad es el punto de partida, también el final, envuelve a cada persona como un plástico, y eso sólo se asume una vez se va pasando por la vida: que sólo nos tocamos de plástico a plástico. Entonces por qué huir del estar solo, si no es remediable. Son las manos, es el cuerpo el que está hecho a buscar al otro, el pensamiento no. El pensamiento se sabe solo haga lo que haga, por eso puede superar lo incómodo y amar bien, no por miedo a estar solo. Entonces me parece que ya no se es ladrón de uno mismo nunca más. Tampoco de los demás. Todo esto por esa idea de lo incómodo de la soledad, del miedo al tiempo con uno mismo. Qué cosas.

La foto: dibujo del maestro Odd Nerdrum.

Retrato de Juan

No hay que irse a la Antártida para experimentar la nostalgia. Para eso basta saber que Juan se ha ido, quién sabe adónde. Juan, que pasa las tardes haciendo cuadernos con cubiertas de cartón y papel reciclado que luego no vende. Desaliñado, peinado lo justo, se dedica a esta tarea con constancia mientras algunos le instan a ocuparse en algo útil. Él calla. Sabe mejor que nadie que es infructuoso tratar de que otra persona comparta su punto de vista y la importancia de los cuadernos. Se siente, quizás, extraviado, y pensará que es burdo que un extraviado le indique el camino a otro.

A veces puede parecer extravagante a alguien por sus arranques insólitos. Por las noches habla solo, no puede dormir, y llama a gritos a un hermano que no sé si existe. No quiero averiguarlo. Durante el día duerme a deshoras, no para de leer, no para de escribir, diciendo a ratos cosas magníficas. Mente anónima y brillante, no siente interés alguno en ser eminente o afamado, y de vez en cuando se arranca a hablar en la calle o el mercado con cualquiera sobre asuntos como la economía poética (no soy capaz de reproducir fielmente su pensamiento, así que evitaré desvirtuarlo) pues es un pensador, un filósofo. Muchos no escuchan, y se pierden a Juan sin saber que se han perdido el cosmos.

A Juan Caro.

El porqué de los domingos

No conseguiré saber nunca el porqué de los domingos. Todo está en calma, en silencio. Flota una inquietud en el aire, tengo que aceptarlo. Ahí es donde voy después de los días. En el extremo del domingo siempre estoy yo.

No sé por qué los domingos se me hacen pálidos, por qué los espero y después huyo. No sé, no sabré nunca, por qué se me abren los ojos, la boca y las manos siempre en las puntas de la tarde, cuando tengo el ánimo ya nublado, agridulce, entre visillos, y sé que todo es un espejismo, también la vida.

No sé qué ocurre los domingos, pero eso que me pasa siempre viene entonces. No sé cómo llamarlo, cuando llega se instala en mi, somos dos conocidos. Estoy yo y está lo otro, y antes de que acabe el día me viene un sentimiento de urgencia, y siempre creo que estoy escribiendo el último poema que podré escribir.

Bibliotecarios de internet

No se me viene otra frase posible a la cabeza cuando pienso en internet y en su imparable crecimiento, ese espacio informe en el que se almacena cada día la información que sirve de soporte al conocimiento humano. Y es que internet se me asemeja en algo al Mundaneum de Paul Otlet, cuyo objetivo era construir un centro donde todos los recursos bibliográficos pudieran organizarse para su mejor aprovechamiento. Muchos vieron esta similitud ya, e incluso señalaron a Otlet como precursor de internet, cuyo proyecto arquitectónico simbolizaba en la mente de muchos lectores la biblioteca de Babel. Pero no, internet no es una biblioteca. Si lo fuera objetivaría la memoria colectiva, la haría ilimitada, habríamos creado Babel y los que amamos los libros fliparíamos.

mundaneumInternet no pasa de ser, hoy por hoy, un archivo ingente, caótico, sin amo que lo rija. Y quizá está bien que sea así este monstruo maravilloso que no conoce el orden ni el concierto, pero el caos tiene un precio: el ruido (y no me refiero a este en un sentido acústico). ¿Podrá llegar a existir el silencio en internet, como se da en las bibliotecas?, pregunto. Porque parece que esta maravilla, que dista mucho de haber llegado a su edad madura, se va revolviendo contra el ser humano por su carácter excesivo. La información es tan enorme que se hace imposible de ingerir, ni siquiera de ordenar, calibrar, mucho menos asimilar. La idea de poder acceder a un archivo sin fin y silencioso me seduciría, como sedujo el Mundaneum la cabeza de Otlet. Imagino utópicos bibliotecarios de internet, alumbradores en esta acumulación de información, héroes de lo incierto sabedores de que la organización no atenta contra la libertad en esta selva selvaggia. Mientras sueño con estos anhelados adalides, me resigno a hallar el silencio fuera de internet en la biblioteca pública Luis Martín Santos. Oscurece el día fuera, y antes de regresar a casa me quedo un rato sentada frente a los libros en italiano, apilados en ese orden preciso que tanto facilita la tarea de encontrar uno concreto. Una mosca se da de bruces una y otra vez contra la estantería. Está como ebria, extenuada. La tarde se ha ido, la biblioteca cierra filas, y yo permanezco inmóvil. Ahí quedamos ella y yo, mosca y persona, saboreando el silencio sin fisuras de la biblioteca.

Escribir es leer

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Se disfruta, se sufre. Se padece la literatura, a fin de cuentas, pero es un padecer a gusto. Escribir es estar al otro lado del espejo de la lectura. Es ir leyendo una historia no escrita aún. Es ser absorbido por el devenir, por los personajes, por las sensaciones, la vida misma. Escribir es, sí, un poco como leer; una forma de gozar, de ser feliz estando solo. Escribir es leer, y el mundo es un libro que se escribe constantemente, que se lee constantemente, que no cesa; la gran novela que lo alberga todo, que no abarcamos, manifestación de la existencia humana. Es vivir unas páginas que siempre continúan, pero nunca es suficiente. Las relees, las reescribes, les das la vuelta, pero no llegan a responderte, porque escribir es  preguntarse y leer, buscar respuestas. Y desde que empiezas la escritura hasta que la terminas, el libro te golpea en la cara, y tú le gritas que estás vivo. Leer es lo mismo, pero al otro lado del espejo. El libro te golpea en la cara también, pero es él quien te grita que estás vivo. Sí, escribir es un poco como leer, y ambas cosas son querer entender la vida.

En la foto, Hemingway.