Venecia, ciudad tomada

Imagina una ciudad única, una ciudad de las de Ítalo; diríamos, por ejemplo: «aquella de la que hablamos es una ciudad hecha de islas que se unen por puentes como hilos, con casas que nacen a pie de agua y barcas circulando sus canales con constancia y calma. Se sabe que sus fundadores se refugiaron en la laguna para huir de los bárbaros, y como el terreno era pantanoso, tuvieron que construir palafitos para refugiarse. No se sabe si intuyeron que de estos palafitos surgiría la belleza, pero lo cierto es que quien sueña con alcanzar la ciudad la imagina como era al nacer: con sus 446 puentes de piedra, hierro y madera y el agua alta bebiendo el suelo entre noviembre y mayo».

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El viajero se imagina con los pies mojados y frescos, quizá desnudos, sobre esta ciudad. E intenta decidir también, si se siente muy próximo a Calvino, si esa ciudad está entre las ciudades felices o entre las infelices. Entonces se dice que antes tal vez hubiera tenido sentido dividir las ciudades entre estas dos clases, pero lee las noticias y ve que aquella pertenece, tristemente, a una tipología nueva, propia de nuestro tiempo: la de las ciudades tomadas, las que pagan por su belleza un tributo y se sostienen como pueden, enfermas de turismo. Ese ha sido siempre el peligro de la belleza, en lo vivo y en lo inerte: ser devorada. Y después, cuando ya ajada vuelva a ser una ciudad sola, quien la pasee serenamente, como se pasea sobre lo viejo, pueda preguntarse sobre la única clasificación que merece la pena; esto es, si pertenece a las ciudades felices o a las infelices.

La soledad urbana

¿Qué ocurre en el individuo cuando llega a ser del todo desconocido para los demás? La muerte social en la ciudad es no ser reconocido, reclamado, por nadie. Se revela como la muerte chamánica de las tribus, y el ciudadano lo sabe y lo presiente, y de ahí que la soledad urbana produzca un espanto particular: uno no está solo porque no haya otro ser humano, como podría suceder en una montaña en la que se ha quedado aislado y solo por accidente. Ahí uno está solo pero se sabe reclamado por los suyos, que no están.
En la ciudad la soledad es distinta. Se da al lado de otros, que sí se conocen y se reclaman entre ellos. Esto genera en el individuo aislado la sensación de anomalía. Uno está solo, no como los demás, es raro, no como los demás. Dos de los temores más desagradables para el ser social que es el ser humano: ser diferente, estar solo.
La ciudad como espejo de ojos que no reconocen, la multitud que no ve. El individuo que se afantasma. La ciudad que le muestra su irrelevancia, su rareza. El que está solo en la urbe está más solo que en cualquier otro lugar. No hay contacto virtual que palie la angustia urbana.
Los ciudadanos se agrupan en corpúsculos, en redes de relaciones más o menos extensas. La ciudad puede ser infernal sin estas conexiones. En esto quizá es opuesta al pueblo, donde la asfixia puede venir por lo contrario, la excesiva cercanía. Puede uno sentir soledad en una población pequeña, por supuesto, pero es una soledad distinta. Siempre hay un mínimo de relación humana inevitable que en la ciudad puede no darse. La ciudad, donde uno puede ser un desconocido para los demás, es «el lugar donde la identidad se pierde» (W.B.).

La familia y su léxico

 Siempre es un momento fascinante cuando un autor te descubre una nueva forma de ver, o posa la mirada en algún lugar al que tú no habías llegado y que ni siquiera sabías que existía. Ese lugar es un espacio de percepción que se abre ante uno gracias al libro leído, un “claro del bosque” que nunca más estará oculto a tus ojos: se convierte en una experiencia transformadora.
Un libro puede aportar muchas cosas, pero no todos tienen la capacidad de operar cambios. Léxico Familiar, de Natalia Ginzburg, la posee. Uno sale transformado de su lectura porque a partir de ella comprende que toda convivencia se caracteriza por un modo de hablar compartido. Tras su lectura echas la vista atrás a tu infancia y tu pasado, buscando conexiones lingüísticas con tus hermanos y padres, abuelos y tíos; y, como Ginzburg, las encuentras y percibes cómo las palabras, las expresiones, moldean un entorno, un contexto, un ámbito, a los individuos. Cómo os han hecho, a ti y a los tuyos. El olor y el sabor son considerados dos de los más potentes evocadores de vivencias pasadas, pero ahora pienso en las expresiones propias de mi madre, las de mi abuela, y percibo que tienen tanta capacidad de llevarme de viaje por mi vida vivida como las magdalenas a Proust, con un matiz: existe un grupo de personas, mi familia, que comparte conmigo ese léxico imperfecto, personal, hecho involuntariamente a la medida de nosotros. Poseemos una misma columna vertebral lingüística.