Inventos extraños

Qué extraños los años; para algunos la edad es algo abstracto y nos desubicamos en esos momentos en los que el personaje de un libro es descrito como un hombre mayor a los cuarenta y tres; o cuando algún amigo te dice, viniendo a cuento de algo, “ya somos mayores”. Esas cosas. ¿Lo somos? ¿Es que la edad existe?, nos preguntamos entonces los que no nos enteramos de que el tiempo en las personas se traduce en etiquetas, que de cada edad se espera algo; que se comprendía que haríamos o sentiríamos algo en cada década, algo propio, como ver envejecer el espíritu. Pero nosotros, los que no nos cosimos a los años, nos sentimos desconcertados a veces; tal vez nuestro espíritu es una gallina huyendo del matadero; tal vez las gallinas son los otros y estamos por darnos cuenta que es un problema de especie; tal vez solo sea que a veces el lenguaje no configura la realidad sino que la deforma, la apresa, y palabras como “edad” o “años”, por más que las repites, cuanto más lo haces de hecho, pierden un sentido que tal vez nunca tuvieron. No es lo único que la humanidad ha inventado.

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Cualquiera

Y todas las ideas que tienes de ti mismo se deshacen y sale a flote, se descubre, un pajarillo encogido; tal vez es lo que fuiste o hubo siempre; ¿es por ello que se te encogen las alas frías, entumecidas entre los almohadones, cuando vislumbras los futuros sin coser…? En la noche del sábado, dentro de las horas en fin, te lleva el momento de la mano a ese espacio -a todos nos lleva y nos aturde, nos abre los ojos y entonces temblamos-, y te suben los miedos, esos que no te gusta ver. ¡Para qué…!
Pajarillo mojado, alas encogidas, alma pueril atravesada por los estallidos de la noche. No tiembles, ya lo sabes: mañana, cuando despiertes, se habrá aplacado el hambre en busca de sentido verderrenacentista, hasta la próxima vez, aquí en este Madrid neodecadente, neomediocre, neoconsumista, que por cierto podría ser cualquier sitio. Como cualquiera puedes ser tú.

Por y para

En la vida de toda persona el por es un timón, el para una carga. Por es ilusión, para el compañero del gato pobre, el ancla que te deja los pies fríos. Por es un amigo, para un amor que no llega. Os aviso, navegantes, que los objetivos, los para, van creciendo en la vida de uno como las flores de un prado silvestre, pero ensombrecen cualquier tarea a la que el ser humano se dedica. No hagáis vuestras mayores aficiones para algo sino por algo (por placer, a ser posible, pero también por amor, o por curiosidad, o por simple apetencia). No hagáis las cosas para, pues unido a los para suele venir el verbo «conseguir», madre de todas las frustraciones. Toda la existencia humana está fundada sobre este equívoco linguístico, sobre este malentendido. El para, quizás, nunca debería haber existido. Pero ahí está, medrando sobre nuestros cuerpos invernales, poseídos por los objetivos en lugar de por motivaciones. Mas se puede volver a ser artesano de lo propio. Se puede, pero uno se siente encogido, indefenso, sin metas, al principio. Sólo después se comprende que se ha sido prisionero de un carnaval de lo absurdo, una comparsa de lo falaz. Se descubre que los por siguen ahí, disponibles. Entonces uno  encuentra la paz del artesano; y se siente sonreír.

Aviso: estoy en plena tarea de escribir la cuarta novela de la saga que publico el próximo octubre, zambullida de lleno en los por. Puede que esta entrada se haya visto influenciada por esto.

Viajes en el tiempo

¡Si pudiéramos hacer viajes en el tiempo! Si pudiéramos trasladarnos a la fascinante Edad Media española, al Renacimiento italiaLa_Verdad,_el_Tiempo_y_la_Historiano, la Grecia clásica, el mundo azteca o la China de la dinastía Ming, ¡ah, si pudiéramos! ¿Quién no ha fantaseado alguna vez con esta idea? ¿Qué persona, medianamente lúcida, apasionada de la cultura, no querría conocer de primera mano la historia?

Pues si la humanidad pudiera viajar en el tiempo yo reprimiría mi curiosidad. Ataría bien fuerte mis impulsos y no viajaría atrás en el tiempo. Aunque me acusasen de cobarde o me echaran en falta cierta carencia de curiosidad, no lo haría. Dejaría que otros lo hicieran y me contasen. Otra cuestión es que yo fuera hombre o pudiera cambiar mi cuerpo de mujer por el de un hombre, y así hacer ese viaje con el seguro a todo riesgo o al manos a terceros que les da el patriarcado. Entonces sí dejaría volar mi curiosidad hacia todo el pasado posible y viajaría a nuestros orígenes, ¡vaya si viajaría! Pero siendo mujer, los viajes, en el tiempo o no, se conciben de forma distinta. Da que pensar.

El cuadro: La Verdad, el Tiempo y la Historia, de Goya.

 

Penas y cosas

Algunos objetos (el teléfono, un ordenador, la tele) me despiertan sentimientos genuinos, de una especie distinta a los que me despiertan otras cosas. Como un pena despectiva. Todo esto tiene que ver con que me he dado cuenta que me he hecho extraña al teléfono fijo. Este alienígena me resulta ahora una pobre y triste cosa a momentos ridícula. Está fuera de su tiempo, y hay como un desprecio del presente, pero claro, hay que entender algo: cuando suena el fijo suele oírse un teleoperador al otro lado, en su defecto una máquina, con el mismo objetivo: una encuesta, el ofrecimiento de un servicio, etc. Es lo que pasa más a menudo. Al móvil es ahora donde me llega ahora lo personal, vía voz o por palabras silenciosas, y sobre todo por estas. El lenguaje escrito predomina en casi todas mis comunicaciones a distancia. Y me he ido acomodando a ese silencio, a leer y escribir a mi gente más que a oírlas. Como leer y escribir me gusta, esto se ha convertido en una comodidad plácida para mí, pero ha contribuído a aumentar mi pereza por la vieja cosa. Se me despierta incluso una leve antipatía cuando suena el teléfono en la mesa, nada interesante suele venir tras su sonido ya, y me dan ganas a veces de descolgarlo y volverlo a colgar sólo para que no suene. Poco a poco me pasa lo mismo con la televisión. Me he acomodado a internet, y a la vieja caja ruidosa, previsible, programada, la voy mirando ya con algo de ojeriza, con algo de pena. Pobres objetos. Ay, no sé. 

Caracolas y delfines

Y resulta que te llega la invitación a los momentos felices. En un país como España, tan azotado por la desigualdad, en un mundo como este, una invitación así es algo extraordinario; pero a todos nos llega alguna vez o de vez en cuando. (Tal vez sólo en eso el azar obra con justicia). Ya que vivimos una existencia delimitada por las costas de la muerte, yo me entretengo en el juego de los versos en lo que otros se distraen en otras cosas, pero ay, cuando me llega esa invitación, ¡lo abandono todo! Abandono la vera del papel y todas las letras posibles para aprovechar la oleada: las risas sucediéndose, los momentos de amor, esa cosquilla placentera que dan las cosas bonitas y banales, el júbilo brincando en tu interior -tan juvenil como siempre fue-, igual que si fuera una trenza perfumada de caracolas y delfines vivientes. ¡Todo lo vivo intensamente entonces! No hubo pasados, no habrá futuros, sólo el dulce clamor del momento que disfruto. Y a la vez una parte de mí a la que no hago caso se queda registrándolo todo como un vetusto y sencillo cronista, intentando no hacerse de notar para no estropearme el momento. Es quizás mi memoria, tratando de apresar las esponjosas nubes de los momentos felices, ya sabemos todos para qué.

Geometría en los paseos

«Buscaba ratos para los paseos. Buscaba pasear siempre que podía, porque siempre era ahí cuando sucedía todo. Igual que a Virginia W. le sobrevenía la vida en las habitaciones -de repente la visión de una marca en la pared interrumpía su lectura y daba pie al pensar, a sus bellísimas indagaciones, a sí misma-, le sorprendía la vida misma cuando paseaba». Sí, creo que cuando muera, el día que me toque, esto bien podría ser algo que dijeran de mí: «Buscaba los paseos, pues era en esos momentos cuando más viva y relajada se sentía. Los párpados no pesaban entonces y el mundo parecía abrirse a sus ojos como una simple amapola que no había que esforzarse por entender. Le bastaba, creo, con oler su aroma en esos momentos, y por eso paseaba».

Mi nombre y mis textos, es todo lo que sabrán de mí cuando muera. La vida se fuga más allá de nosotros sumiéndose al pasado, que la devora en cenizas. Lo he sabido al volver a casa, tras la encrucijada y los remolinos alborotados de las hojas que los árboles escupieron: no sabrán de mí más allá de esto. Y este sabor nostálgico que el paseo me pone en la boca, quedará aquí sólo hasta mañana, pues la vida es  una lección cíclica de geometría.

El rastro del caracol

Andaba siempre escribiendo a trompicones antes. Fue así durante años. Y algunas cosas salieron, tomaron forma, pero había algo en la escritura sin vida, sin grito. Una ausencia. Eran las palabras, que me salían como algo que iba a ser, pero la sustancia estaba en otro lado, quizá delante, no sabía. No sabía qué pasaba, y lo que pasaba es que tenía que vivir. Ahora sólo queda gritar todo, y me pregunto si será posible escribir y vivir a la vez, cuando toda la vida se te ha colado en la escritura, y ya no entiendes la una sin la otra. Ha llegado hasta el banco del parque desde donde escribo esto un caracol cuya concha está teñida de castaños, rojos y amarillos. Se arrastra fatigosamente, como si le pesara el caparazón o la vida, pero parece tener un camino claramente definido. No, no diría que soy el caracol, nunca el camino estará claro para mí, la vida se me antoja siempre cubierta de incertidumbre. Pero acaso ese rastro salivoso que deja el caracol mientras se arrastra sea la literatura para mí. Siempre constante, inherente, adherida; necesitada.

Lunes de ciudad

¿Dónde estás ahora? ¿El ascensor, la calle, el autobús o el metro, el lugar de trabajo? Sí, tu vida. Bueno, lo que parece tu vida. Ahí estás, en ella; se te ve allí, con el ánimo de los lunes y la ropa habitual, tal vez un libro, y también un teléfono en la mano; navegando entre el cemento, las prisas; mira la exhalación, cómo pasa encarnada en los coches; los escaparates zumbando, las ásperas aceras, los taxistas, el olor seco de urbe, los padres llevando a los hijos, semáforos brillando, más empleados, otros tantos como tú, olor a humo, a máquina, corbatas, ruidos ásperos, tacones, cejas fruncidas, más prisas, pies, zapatos, botas cruzando pasos de cebra. Es en esa vida donde estás y, sin embargo, caminar por tu vida no es sólo estar ahí, bien lo sabes, sino también andarse por las ramas y perderse en la lana, gastar el tiempo, seguir pensando  en las sábanas y soñar más de lo que confesado. No se repiten los sueños por azar. Aquello que soñabas siempre, que se ha repetido tanto, son tus vidas. Las otras, que se van borrando por el ruido, la calle, los atascos, las prisas, el olor a humo, a máquina, los ruidos ásperos, las cejas fruncidas, las prisas. Las vidas que volverán a ti a la noche, apagado el lunes, ya de vuelta al silencio de tus sábanas.