El peso de algunos

Hay una densidad que se esconde taimadamente en algunos, una humanidad pastosa y viscosa que da al traste con lo que podrías disfrutar de esas personas. Ese algo, el peso, cuando llega mata. Porque el peso asfixia, pero se instala de un modo invisible, hasta que de repente uno se da cuenta de que ha sido aplastado, como arrollado por una silla de ruedas. Se siente entonces venir una ráfaga de animalidad, porque el peso de un ser humano cae directamente sobre la libertad del otro, y cuando llega, osea, cuando uno se hace consciente, o muerde o languidece. O mata o muere, no hay más. Porque el peso no puede llevarse de la mano, no admite eso. El que ha dejado caer su peso no está para camaraderías, sólo consiente que le sostengan de culo. Los que dejan caer el peso propio sobre otros pueden mirar a lobos y cuervos frente a frente, pues son invulnerables. Si se ven caer al vacío buscarán a otro que les sostenga el peso de su humanidad pastosa. Es el cándido, el de alma tierna -que viaja ligero en su relación con los otros- el que tendrá que matar,  transformarse en animal, a riesgo de morir aplastado por el peso, por la egoísta viscosidad de los otros.

Tu nuevo tú

Los adultos tienen a veces sentimientos sorprendentes, como cansarse del yo. En ocasiones pueden cansarse de lo propio, los niños no. En un determinado momento se puede sentir hastío de uno mismo y necesitar distanciarse a momentos, aburrido del alma propia. Te pones una camisa que antes de gustaba, coges un libro que antes te interesaba, comes lo de siempre -todo esto son metáforas frívolas, el verdadero cambio es interno, pertenece al alma-. Lo que antes daba gozo no lo da ya, y sientes: «No, todo esto es de  otro, de la vida de otro». El otro, el nuevo, es más fuerte que tú y  manda de repente en tu vida, revolviendo tu ser e instándote a cambiar las partes de ti que desprecia, o que al menos descarta por inútiles. Tu nuevo tú no sabe aún -porque es recién llegado y todavía piensa que su existencia está destinada a ser  definitiva- que hay algo más fuerte que ambos: ese saco en el que vivís los dos y todos los nuevos otros que lleguen; es alguien que apelmaza todas las partes nuevas y viejas, que no puedes definir. Es él el que se remueve inquieto dentro del cuerpo, mirando por los dos huecos por ojos. Es él, eres tú, y todos tus otros.

Carpe diem

Un día se vacía tan rápido como un vaso de agua. Basta sentarse al ordenador,  coger el teléfono, leer las noticias, y así continuar con lo de siempre. Lo de siempre. La rutina amortaja, pero también acoge, y el día puede esfumarse de tu vida con una urgencia de hospital. Sentarse al ordenador, coger el teléfono, leer las noticias… hacer todo eso pero meter los ojos hacia dentro y recuperar los dientes caídos de la infancia, aprovechar así el presente, es ser un grano que desafía a las constelaciones, convertir tu mente en un refugio con  ventanas bien grandes por las que empaparse del mundo y de no sé qué avatares desconocidos.

Ahora, hoy

La casa es ahora, hoy, una ilusión donde el sur y los astros pierden rigor a la noche. Desde la casa en domingo a veces la ciudad da pereza, los otros toman perfume de distancia. Hay algo de paz en el espacio poseído; un sueño de estrellas quizás falso como el mundo, no lo sé. Los sofás se vuelven almohadas, las mesas brazos, el suelo un beso. La casa parece un violín cuya música muda es la lengua interior propia. Incluso la cena, el aroma de la comida haciéndose, es un rumor en la levedad de la vida, insólitamente cálida, plácidamente armónica; ahora, hoy, en este momento en la fragancia del domingo. ¡Respira! Qué hoguera de paz la casa en esta noche; hay que respirar todo el tiempo, sumergir el rostro y las narices, introducir las manos, los pies. El tiempo es un lagarto amarillo que muerde, que nos va comiendo. Ahora, hoy, somos pecas de vida, almas envueltas en estrellas. Somos cósmicos y arbolados, hilos eléctricos, espuma, sal. Respira ahora, hoy, ya nos abrasará el mediodía y consumará, tardíamente, lo que el lagarto inició. No hay muñecos más felices que nosotros hoy.

Grillos agitadores de personas

Repasemos la jornada de hoy: despertar con ganas de seguir en la cama un rato más, trabajar lo habitual en la mañana y hablar con algún cliente, comer disfrutando del silencio sin una conversación artificial, trabajar lo habitual en la tarde y bien; finalmente apagar el ordenador, cayendo la noche, y ya en casa tener la sensación de que este día es como los demás pero distinto a la vez, y todo por un recuerdo que no cuentas a nadie y lo cambia todo. Así son los momentos que se quedan grabados en la mente de uno. Son como grillos de verano que vienen a agitarnos cuando les place. No sé qué somos sin ellos.