Tesoros escondidos

Sabéis, no existe el momento salvo si os fijáis en él. Es un suceso a la espera de ser percibido. No existe más que para el que posa su vista en él y se siente impactado. Así empieza la historia de algo. Es asombrosa la nada, está llena de potencias, de transparencias. Pensad esto cuando os detengáis en un instante y nadie más lo haga. Se perciben tesoros escondidos.

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Escribir sin parar

Escribir sin parar, a impulsos, con la noche aún en tu cabeza, con el sueño pegado, con las manos frías, con la casa vacía, con la luz entrando en el cuarto, en tu texto, despertándote ahora; recibir las palabras como si te esperasen, pero no, eres tú quien lo hacía desde las últimas horas de ayer, con la última lectura, con el último pensamiento, en el último segundo antes de soltar amarras; y de golpe has llegado hasta aquí, y bebes un té mientras rozas las teclas y te bebes el silencio, las palabras y el momento, y piensas que se escribe entre treguas porque se vive entre treguas, y tal vez se lee también así.

Salud y buenos días.

El niño que fuimos

escalator-923990_960_720Voy en metro. Hoy hace frío fuera, un suspiro de cordura en este invierno primaveral. Me siento, sola; es principio de línea, pero pronto llegarán más viajeros. Unas paradas más y los rostros empiezan a consolidarse ante mis ojos. Miradas fugaces que evitan cruzarse. Miradas que vuelven, una y otra vez. Ojos que se cierran. Ojos que se lanzan al infinito traspasando el vagón, quién sabe adónde. Recuerdo a alguien. Me dijo que no se puede ser niño y adulto a la  vez. Pienso en ese alguien desde este asiento usado de metro, el gran útero público, mientras miro a los otros transeúntes. No se puede ser niño y adulto a la vez, cuando se crece se abandona el niño; es necesario, me dijo. Como si algunos de mis problemas hubieran venido porque me negué a eso. Como si conservar la infancia te aniquilara. No supe qué decir entonces. Sin embargo, no es lo que revelan las caras de los demás. No sé si se puede llegar a ser adulto, pero niño no se deja de ser nunca. El niño que fuimos no se va porque no puede irse. Está impregnado en cada rostro que veo en el metro. Es fácil mirar las caras y adivinar el niño que permanece tras la sombra de lo adulto, que no es más que el paso de la vida. Incluso las arrugas más marcadas (que no son las de la edad), no pueden ocultar al niño. Miro a los compañeros de viaje y descubro al niño miedoso, al que se sintió solo, al que le encantaba escuchar; suben más pasajeros al vagón, y los niños siguen desfilando: el que tuvo problemas con otros, el que sufrió de timidez, el que sonreía siempre, el que fantaseaba, el que tenía celos; aquel al que los mayores le parecían raros, y al que le gustaba más que nada en el mundo pasar el tiempo con su abuela, el que no soportaba la autoridad, el que lloraba a menudo y no decía a nadie porqué.

El adulto es siempre menor que el niño, es una consecuencia del infante. Este puede ser ignorado o escuchado, puede estarse a gusto con él o no, pero no se irá. Para desprenderse del niño la única vía quizás es morirse, si es que así acaba algo. En la vida se oye al niño, si se quiere, por las noches. Es el reducto de sabiduría más íntimo de cada uno, el que nos indica los caminos, los miedos, las angustias y los pequeños goces, que son los más grandes, los únicos verdaderos. Toda la vida es un constante ser niño, una vuelta al niño; el viejo es más niño que todos. El niño no tiene sexo, la infancia es universal y las etiquetas vienen después, son algo ajeno al niño nuestro y lo serán para siempre, nos muestran adultos extraños que no somos. El niño en mi cierra los ojos con violencia ante lo feo y tiene la piel de cristal. El adulto que soy se obligó a transformar la piel en corteza para sobrevivir, y es desde el niño desde donde escribo. Ahora salgo del vagón-escuela, dejo al resto de niños-adultos que siguen su camino y sus vidas, y pienso de nuevo en aquel niño-alguien, el que creció pensando que no se puede ser niño y adulto a la  vez. Pienso en aquel niño, obediente y temeroso, con sus ojos como paños mojados. Tiene miedo a la vida desde hace treinta años y ahí sigue, con el infante amordazado pero completamente presente. Cuando vislumbro los niños en los otros me doblo por dentro.

Foto: Pixabay

Recuerdos de Navidad

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Los amores no surgen porque sí, sino por los otros. Cuando niños, en esa etapa de enorme receptividad y sensibilidad que es la infancia, aprehendemos amores de los que están junto a nosotros y ya saben de la vida. En mi caso fue mi madre quien me inculcó el amor por el cine. Yo crecí viendo Esplendor en la hierba, Lo que el viento se llevó, La gata sobre el tejado de zinc, con ella. Esas películas. Horas y horas de historias que se sucedían como las gotas de lluvia en esos inviernos de entonces, fríos y lluviosos, y a veces, con suerte, nevados. Mi madre y yo adorábamos a Elizabeth Taylor, amábamos a Montgomery Clift, a Rock Hudson, y nunca, nunca, aceptamos que tras Escarlata O’Hara existía una actriz llamada Vivien Leigh. Queríamos a Escarlata. Era ella la que nos encandilaba cada año, cada Navidad. Queríamos creernos todo aquello, deleitarnos en una de las cualidades más esenciales de los seres humanos: la pasión por las historias de otros. Fuese como fuese, pesase a quien le pesase, viésemos lo que viésemos siempre acábabamos allí, en Nueva Orleans a la hora de la siesta, adorando a Rhett Butler. Cada año. Todas las tardes de Navidad las pasábamos viendo películas, todos los años repetíamos con la O’Hara. Nunca volverán esas Navidades, tan ingenuas, tan bellas. Ahora hay otras, y sigue habiendo cine, y una cálida familia, y las cosas de la madurez. Mi adolescencia terminó, claro, pero las películas de mi adolescencia permanecen. Me deslumbra, aún hoy, la necesidad que me surge de volver a ellas cuando llega la Navidad. Creo que es, de alguna forma, volver al rincón cálido que es una madre, la primera en inculcarnos los amores de la vida.

Pintores de nuestro pasado

De golpe un recuerdo te hace intuir la vida. Sin haberlo buscado te la muestra, desnuda como un cristal: puedes verla, no puedes tocarla, y la sabiduría regalada ya se deshace. Pero, ¡qué sensaciones dejó! La tarde plácida, el olor del césped mojado, el canto de los grillos, el arrullo del mar a lo lejos, el calor del verano en el sur. Esa tarde de mi vida, en realidad no tan dorada como en mi imaginación, de
 alguna forma inexplicable me perfila, es una magnolia resplandeciente. Los recuerdos te hacen, te esculpen y nadie puede arrebatártelos ni tallarte como ellos. No volverás a vivir aquello pero el recuerdo siempre quedará, indeleble, impreso en ti como tinta en papel. Por mucho que le caiga agua encima. Nuestros recuerdos están ahí para eso, para impulsarnos a la vida. Tienen piel de mármol, sólo admiten la contemplación como parte del trato, pero les pertenecemos. Acudimos a ellos, tal vez, como buscamos el arte, para entendernos, y de repente nos encontramos y nos comprendemos, efectivamente, un poco. Sí, los recuerdos nos hacen, y los hacemos nosotros también. Somos pintores de nuestro pasado. Qué extraños.

Nada en la nada

No existe la felicidad. No, nada en la nada, no existe ni lo espero. Ni los años eléctricos, ni los charcos plenos. Ya no, los he olvidado. Mis recuerdos, locos, los placeres clavados, los puntos mojados que aún me queman si empiezo otra vez. No, nada en la nada. Sólo es un momento demasiado castigado, puro y fuerte y sonoro, en lo alto de la vida.

El color de las cosas

EPIFANÍA III_ARNo se pueden domar los colores, con sus nombres no se les puede apresar. Hay que inventar las palabras de los colores al escribir. Es irremediable mentir para llegar a  ellos, como lo es la literatura para alcanzar la verdad de las cosas inasibles. Cómo deciros, si no, que el cielo estaba hoy  de un hermoso color paloma cuando tomaba mi té matutino; que ayer recogí una hoja del color del otoño que ahora guardo en las páginas del libro que estoy leyendo; o que los ojos de mi vecino tienen un tono grismuerto aunque son marrones; o que los ojos de mi amiga M. Ángeles tienen el verde del mar en los poemas, y algo de castaño silencioso y algo de regreso en las pizcas morenas, y una incomparable cantidad de lo sereno en ellas también. No pueden describirse los colores sólo por los nombres de los óleos, porque bien sabe el que los mira -y el que pinta, y el que escribe, y el que lee- que las palabras no son completas, y esas menos que todas. Puedo nombrar azules ultramar, cobaltos, celestes y turquesas, azules de Prusia, amarillos oro, verdes esmeralda y oliva, verdes helecho, ópalo o pino para explicaros los ojos de M.Ángeles cuando ha vuelto, reluciente de su lucha, pero no habría hecho justicia a su hermosura; o alternar entre el gris pizarra y el ardilla y el sepia para describir los ojos de mi vecino, pero no os explicaría que se les ha ido la vida hace meses, y por eso su color es grismuerto, tan triste. No vale enfadarse conmigo por estas invenciones. No vale esperar etiquetas de tubos de óleo. Vale aceptar que los colores me penetran el alma, que veo la luz resplandecer a mi alrededor siempre creciente sobre las cosas, retando a mi lenguaje siempre vencido, siempre belicoso, siempre borracho de la poesía que veo.

La foto, un retrato que le hice a M. Ángeles a carboncillo y grafito el año pasado.

Escribir desde el agua

He empezado estos días a escribir pronto, antes de las siete, cuando aún estoy vacía. O más o menos vacía, pero si el sueño no ha sido demasiado intenso lo estoy, y he descubierto que así escribo desde el agua, no desde la tierra y las brasas como escribo a la tarde. Escribir desde la tierra es estar cargado,  necesitar soltar lastre, otra forma de abordar el escribir; con la boca llena de semillas, granos, escarabajos, escenas, ordenadores, actores diversos, momentos dispersos y excrementos, y todo el agua mía ya trasnochada, la carne abrasada y los dos ojos saturados de las cosas. Pero ahora escribo al lado del cielo apenas clareando y pienso que escribir desde el agua es recibir la mimbre y la urdimbre, no necesidad de soltar como a la tarde, y me sienta bien. Se me apaciguan los cocodrilos amarillos. Me vienen erecciones delicadas e impelentes, para penetrar el instante y poseerlo y creerme que ha sido mío, que me perteneció. Pero se fue y sé que no he llegado a ninguna parte, y por eso sigo escribiendo, para llegar; pero bien, tranquila a momentos ya desde el agua, desde las olas descosidas de pelos blancos, sin atreverme del todo a decir que da igual y que tal vez me he reconciliado con la vida.

Muñeco de trapo

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Muñeco fabricado de un tejido extraño, dúctil y cambiante. Este polichinela que parece esconderse, se vuelve opaco al tacto de unos y de súbito es como el cristal para otros. Se muestra o lo descubren, y entonces se hace persona.

¡Al fin alguien me entiende!, le oigo susurrar. ¡Al fin alguien comprende mis sonidos destartalados, esa lana azul y enrevesada de dentro, sin preguntar! Todas esas partes de cuerpo cosidas y rellenas de vida intensa, las facciones dibujadas sobre la tela, dos botones por ojos, todo eso. Al fin tendré unas horas de silencio, dice hoy complacido el muñeco de trapo, con su alma de pronto acristalada.

Pero, le pregunto yo, si tanto gozo te supone que entren con esas puntas puntiagudas en tus hebras tumultuosas, ¿por qué no te muestras transparente desde un principio?

Ay, oigo decir a este muñeco en mi. Yo puedo oler el perfume de las miradas, contemplar el interior de una flor, vivir en el dolor supremo y renacer cada día; puedo creer en los colores más profundos, atisbar las celosías del misterio sagrado; puedo besar la repugnancia y transformarme apenas, poseer todas las conquistas del hombre, puedo amar, relinchar los poemas, encenderme al calor de las estrellas, escribir para diluirme del todo y volver. Pero cuanto más desvelo todos esos secretos, menos sé hacer lo otro. Mis palabras se vuelven transparentes, pero mi alma opaca.

A mi especial amigo Javier Ramírez, a la habitación azul, a sus dedos puntiagudos de violinista.

Lectores de huecos

La lectura, como cualquier costumbre meramente humana, revela el carácter social. El siglo XIX dio lectores en voz alta; se reunían para poner en práctica el arte de leer, y por tanto el de escuchar. En el XVIII, el gusto por la lectura también estaba extendido; a pesar de que los libros eran casi un objeto de lujo para la población corriente, para muchos era su único contacto con el arte: se participaba de la cultura en la medida que se leía o escribía. En la Antiguedad la escritura imitaba el discurso oral, y se escribía, así, para su exclusiva lectura frente a los oyentes. Los lectores de entonces eran lectores-público.

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¿Y cómo leemos hoy, cuando la lectura está tan al alcance de nuestra mano, con más variedad y una oferta constante y atronadora? Hoy, que leemos solos y no en actos comunitarios. Pues nos hemos convertido, la mayoría, en lectores de huecos. Leemos de noche, si conseguimos sacar un hueco antes de dormir; o cuando vamos en metro (alegrándonos de que el trayecto sea largo para no perder el hilo de la lectura a las pocas paradas); cuando sacamos un rato un inesperado domingo por la mañana, antes de que la casa se ponga en marcha con todos sus habitantes; o, incluso, hay quien se levanta un poco antes de la cuenta para poder disponer de ese pequeño hueco matutino que le permita disfrutar de la lectura solitaria. Somos lectores de huecos, pero no sólo respecto al tiempo, sino en torno a la lectura en si: consumimos (y la palabra no es banal) pedacitos de texto que la dispersa internet nos ofrece, cada vez con más dificultades por la falta de concentración para seguir el hilo de la narrativa en un texto largo. Nos hemos convertido ineludiblemente, incluso los amantes amantísimos de los libros, en lectores de huecos en todos los sentidos, lectores de poco a poco, lectores sometidos al tiempo y a nuestro tiempo (en el sentido del contexto). Se lee distinto pero se hace a todas horas, y no se volverá en nuestra época al hábito anterior que hemos conocido. ¡Es la época de los pedacitos! Y como el libro, el acto de leer, y  el de escribir, están íntimamente vinculados y forman parte de lo mismo, estamos pariendo una literatura distinta; pero ya me he extendido demasiado, y esa, como diría Michael Ende, es otra historia.

Os agradezco a los que os dejáis caer por aquí de vez en cuando, que ocupéis vuestros huecos en leer lo que yo escribo en este blog. Es un verdadero placer saber que estáis al otro lado.

La foto, de venturaartist en Pixabay.