La familia y su léxico

 Siempre es un momento fascinante cuando un autor te descubre una nueva forma de ver, o posa la mirada en algún lugar al que tú no habías llegado y que ni siquiera sabías que existía. Ese lugar es un espacio de percepción que se abre ante uno gracias al libro leído, un “claro del bosque” que nunca más estará oculto a tus ojos: se convierte en una experiencia transformadora.
Un libro puede aportar muchas cosas, pero no todos tienen la capacidad de operar cambios. Léxico Familiar, de Natalia Ginzburg, la posee. Uno sale transformado de su lectura porque a partir de ella comprende que toda convivencia se caracteriza por un modo de hablar compartido. Tras su lectura echas la vista atrás a tu infancia y tu pasado, buscando conexiones lingüísticas con tus hermanos y padres, abuelos y tíos; y, como Ginzburg, las encuentras y percibes cómo las palabras, las expresiones, moldean un entorno, un contexto, un ámbito, a los individuos. Cómo os han hecho, a ti y a los tuyos. El olor y el sabor son considerados dos de los más potentes evocadores de vivencias pasadas, pero ahora pienso en las expresiones propias de mi madre, las de mi abuela, y percibo que tienen tanta capacidad de llevarme de viaje por mi vida vivida como las magdalenas a Proust, con un matiz: existe un grupo de personas, mi familia, que comparte conmigo ese léxico imperfecto, personal, hecho involuntariamente a la medida de nosotros. Poseemos una misma columna vertebral lingüística.

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