El laberinto

Me pasa lo que a Borges: me cautivan los laberintos, me inquietan. Quizá por esa mezcla ejercen fascinación sobre mi. En general, cuando pensamos en laberintos los concebimos desde el placer (como lugares para perderse) o desde el miedo (lugares de donde no se puede salir). A veces se dan ambas sensaciones a la vez, y entonces se produce una mezcla de placer y miedo casi adictiva.

quintaEntré en la Quinta da Regaleira pensando que era un lugar donde quería perderme durante horas. Byron tenía razón: no hay lugar más bello en Europa; si la magia existió alguna vez, pervive sin duda en la Quinta. La belleza del lugar es tal que invita a la contemplación en primera instancia, pero esta actitud dura poco. Una vez dentro del laberinto uno se siente impelido a jugar. Es imposible no volver a ser niño atravesando esas grutas, perdido en el Pozo Imperfecto o ascendiendo el Iniciático. Como todo laberinto, la Quinta es una broma diabólica, un juego autotélico.

Uno sale renacido si logra salir del laberinto por si mismo, de su reto. Sin embargo, esto solo ocurre si se va solo, si se juega en solitario. La presencia de otros impide la sintonía con el lugar, y por ende la catarsis. La soledad, que casi ningún ser humano soporta, es la única forma para experimentar el laberinto. A través de ella el ser humano puede contemplarse a si mismo; parece el modo más idóneo para escuchar el pensamiento propio. El ser humano es un ser social, pero el laberinto le exige mirarse en una soledad absoluta –temporal, si se entiende que se conseguirá salir de él–. Entonces el laberinto es el abismo, y también el espejo. Te ha transformado. Si la magia existió alguna vez, pervive sin duda en la Quinta, pero esta solo surge de veras cuando estamos solos. Como el miedo. Solo entonces te contemplas.

Por si os gustan los laberintos, os dejo aquí recomendaciones de las buenas buenas.
Para leer:
La muerte y la brújula, de Jorge Luis Borges.
Para experimentar:
– La Quinta da Regaleira, en Sintra, Portugal (en la foto, el Pozo Iniciático).

 

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La fiebre de lo útil

El nombre de la rosa maestro y discipulo

Cada época tiene un carácter, cada tiempo, y no hace falta esperar a que pasen los años para mirar desde la distancia y saber cómo fue el momento en que vivimos. Basta con tener los ojos bien abiertos, con mirar. Mirar, por supuesto, inquieta. En según qué circunstancias da miedo. Todo está demasiado cerca. Si quieres cambiar algo y no puedes al miedo puede sumársele la angustia. Pero miramos; es la condición humana, tener ojos. Algunos de reojo, otros de frente, algunos a ratos. Otros se sienten más cómodos y protegidos con los ojos cerrados, otros piensan que cuanto más se tarde en mirar, mejor. Qué se yo. La cuestión es que la vida siempre se impone, da igual que tengas los ojos abiertos o cerrados. Y lo que se viene imponiendo desde hace unos años es la fiebre de lo útil. Recuerdo que ya cuando aprobé la selectividad y decidí estudiar Filología Hispánica empezaba a oír aquello de «¿Y eso para qué sirve?», con tono bromista. En mi ingenuidad de juventud yo pensaba que esa obsesión por lo útil pasaría. Han pasado casi veinte años desde aquello y resulta que cada vez más aquel cuestionamiento de la utilidad, el nuevo rasero para medir todo, está omnipresente, arrasando al ser humano a su paso ante el pasmo de unos cuantos.

Estas son las cosas que se hablan en los pequeños círculos de amigos. También se habla en los círculos profesionales de los que nos dedicamos al sector del libro. Cosas como: «Oye, ha cerrado la librería Negra y Criminal». «Sabéis, el gobierno japonés ha propuesto eliminar las carreras de humanidades de la universidad». Ayer mismo, conversando en casa, a la noche, unos cuantos, me dice @Joseca, hablando de los patrones que repetimos: «¿Os acordáis en La lista de Schindler, cuando en el campo de concentración van separando a los judíos por útiles o inútiles… Tú que eres. Yo carpintero. A la fila de la derecha. ¿Y tú? Mecánico. A la derecha también. ¿Y tú? Soy músico. A la izquierda». La fila de la izquierda era la de los inútiles, se entiende. El hombre, en medio de aquel horror, no sabía si estar más horrorizado por su destino incierto o por el propio hecho de que su profesión, la música, ¡la Música!, fuera considerada inútil.

Y todo así. Mires donde mires, la fiebre de lo útil se ha extendido como la peste. El demonio de la ignorancia está ahí, inconsciente, temerario, atronador, decidido a imponerse. Quizá algunos piensen que van a vivir más tranquilos si todo se mide bajo la óptica de lo que se entiende genéricamente por útil (lo que también se puede cuestionar), pero se equivocan. No seremos una sociedad más rica, ni viviremos mejor, ni seremos más eficaces ni productivos. Seremos, eso sí, viudos de nuestra propia existencia. Se puede estar contento, de todas formas. ¿Por qué no vamos a estarlo? Sigue habiendo maestros que despiertan la sed en los chicos, la sed de libros, de conocimiento. Sigue habiendo personas que miran, con los ojos bien abiertos, que hablan en sus casas, en sus trabajos, sobre estas cuestiones, preocupados. Sin embargo, hace falta que estas voces se eleven, porque caminamos hacia un mundo sin humanidades. Sin música, sin historia, sin literatura, sin filosofía. Estamos destruyendo lo que esencialmente nos convierte en seres humanos. Tal vez el camino esté en comprender las palabras de Guillermo de Baskerville a Adso (El nombre de la rosa, Umberto Eco, 1980), trasladando su conversación sobre el amor a esta cuestión, las humanidades: «Qué pacífica sería la vida sin amor; qué segura, qué tranquila. Y qué insulsa.»

Ni pudorosos ni cobardes: honestos

https://i2.wp.com/estaticos03.elmundo.es/elmundo/imagenes/2008/02/21/1203585153_0.jpgQué octubre. Uno avanza. Día tras día. Avanza siempre, es la condición vital. Octubre avanza, la vida avanza, no puede evitarse el devenir, las constantes noticias (casi nunca buenas) que nos bombardean en esta actualidad interconectada, difícil de silenciar. Sí se puede pelear, eso siempre. Por eso se escribe. La literatura es una forma de rebeldía. Escribimos porque queremos cambiar algo, porque buscamos respuestas, porque nos cuestionamos la realidad y a nosotros mismos. Me pregunto si leer no es también ser rebelde. El que lee, ¿no lo hace —consciente o inconscientemente— porque busca respuestas, porque se cuestiona la realidad? Por eso repruebo los libros que no son honestos. Porque sin esa franqueza podremos obtener un libro, pero no literatura, y sin literatura, la vida sigue siendo un jeroglífico. No quiero libros pudorosos. No quiero libros cobardes. Menos aún libros correctos. Yo quiero libros que me reten, que corten en pedazos mis puntos de vista, mis prejuicios, mis creencias. A las personas las busco de la misma forma. ¿No es lo que hace la vida con nosotros, zarandearnos? Cuando hay una persona así, con esa capacidad transformadora, la gente medianamente sensible se agita, vibra todo alrededor, como si recibiese ondas eléctricas. Sientes una especie de respingo que te activa, o todo lo contrario, un ahogo que te lleva a abrir  mucho los ojos. Yo creo que las personas y los libros son parecidos, que el mundo es una gran biblioteca. Nadie vigila, nadie está pendiente de nosotros, de si pecamos, de si amamos, de si nos rompemos por el camino. Solo pasa el tiempo como pasan las páginas de un libro. Así, vamos asimilando las palabras, comprendiendo el jeroglífico. Un buen día morimos, y no sabremos si habrá nuevos libros, solo que hemos leído. Que hemos vivido.

En la foto, Franz Kafka en una calle del caso antiguo de Praga.

«Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dice tu carta? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hagan felices podríamos escribirlos nosotros mismos, si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo» (Franz Kafka. Carta a Oskar Pollak, 1904).

Los maestros que nos hicieron vibrar.

No es que yo sea muy amiga de celebrar días de nada, quizás porque soy una sosa y un poco ratón de mi casa, pero al enterarme hoy por Blog de libros (@ratasbiblioteca) de que es el Día Mundial del Docente, que recordaba cómo su maestra recomendaba a sus alumnos sus libros favoritos para el verano, no he podido evitar acordarme yo de aquella tarde, llegando al verano. Parece que los recuerdos van quedando atrás, pero no; de repente el azar, un comentario, un día cualquiera como hoy, nos coge por sorpresa y se planta ante nosotros como si fuera ayer. Imaginaos. Quince, dieciséis años. Íbamos al colegio con el uniforme y los calcetines hasta la rodilla, con la mochila, los libros, los cuadernos para hacer los deberes y los lápices en el estuche. Qué calor solo de pensar en el uniforme. Son recuerdos perezosos, los del colegio. Los de la infancia lo son, en general, y uno por eso no quiere volver atrás, yo al menos, porque habría que empezar de cero, y lo de los exámenes, todo lo que rodea en general al colegio, sería lo más cansino de todo. Pero entonces sobrevuela por encima de todos los momentos aquella tarde, que viene a mi memoria, y todo se ve distinto bajo el prisma de la melancolía.

Estamos en segundo de B.U.P., quizás en tercero. En una de las clases de los últimos pisos, ya somos mayores. Es espaciosa. Hay pupitres, hay sillas, una pizarra, alumnos, una profesora, hay ventanas, cuadernos. No hay teléfonos móviles, no hay ordenadores ni internet en nuestras cabezas. Eso no existe, no sabemos que existirá, no importa. Nos sentábamos en nuestros sitios pisando aquel suelo de piedras castañas y grises, y nos alborotábamos, nos reíamos sin ton ni son, estábamos vivos y nos sentíamos atormentados (eso nos creíamos, poco sabíamos entonces sobre ese estado en realidad). Milagros, la profesora de literatura, hace un receso para leernos algo. Abre un libro, se apoya en la mesa, de pie, ordena silencio. Al principio hay algunos murmullos, algunas bromas. A algunos les da la risa. Nos reímos por casi todo. Lo normal. Pero de súbito lee, y su voz se transforma en agua. Con ese timbre tan particular de quien ya ha conocido la belleza, despliega sobre nosotros este torrente de palabras:

«—¡Ajá —exclamó Terrier, satisfecho, dejando caer la mano—. Así que te retractas de lo del demonio. Bien. Pero ahora ten la bondad de decirme: ¿Cómo huele un lactante cuando huele como tú crees que debe oler? Vamos, dímelo.
—Huele bien —contestó la nodriza.
—¿Qué significa bien? —vociferó Terrier—. Hay muchas cosas que huelen bien. “Un ramito de espliego huele bien. El caldo de carne huele bien. Los jardines de Arabia huelen bien. Yo quiero saber cómo huele un niño de pecho.
ELPERFUMELa nodriza titubeó. Sabía muy bien cómo olían los niños de pecho, lo sabía con gran precisión, no en balde había alimentado, cuidado, mecido y besado a docenas de ellos… Era capaz de encontrarlos de noche por el olor, ahora mismo tenía el olor de los lactantes en la nariz, pero todavía no lo había descrito nunca con palabras.
—¿Y bien? —apremió Terrier, haciendo castañetear las uñas.
—Pues… —empezó la nodriza— no es fácil de decir porque… porque no huelen igual por todas partes, aunque todas huelen bien. Veréis, padre, los pies, por ejemplo, huelen como una piedra lisa y caliente… no, más bien como el requesón… o como la mantequilla… eso es, huelen a mantequilla fresca. Y el cuerpo huele como… una galleta mojada en leche. Y la cabeza, en la parte de arriba, en la coronilla, donde el pelo forma un remolino, ¿veis, padre?, aquí, donde vos ya no tenéis nada… —y tocó la calva de Terrier, quien había enmudecido ante aquel torrente de necios detalles e inclinado, obediente, la cabeza—, aquí, precisamente aquí es donde huelen mejor. Se parece al olor del caramelo, ¡no podéis imaginar, padre, lo dulce y maravilloso que es! Una vez se les ha olido aquí, se les quiere, tanto si son propios como ajenos. Y así, y no de otra manera, deben oler los niños de pecho. Cuando no huelen así, cuando aquí arriba no huelen a nada, ni siquiera a aire frío, como este bastardo, entonces… Podéis llamarlo como queráis, padre, pero yo —y cruzó con decisión los brazos sobre el pecho, lanzando una mirada de asco[…]»

Fue una especie de huracán silencioso. Recuerdo que la mayoría, incluso los que no leían ni a tiros, le rogaron tímidamente que continuara. No lo hizo. No hacía falta, media clase se había enamorado de aquel libro.

Como todo gran profesor, Milagros nos metió la sed en nuestras cabezas. Para muchos, desde entonces, leer fue un no parar. Siempre pedíamos ese receso para que nos leyera algo. Íbamos luego como locos a comprar el libro. Lo devorábamos. Nos lo bebíamos. Por esa sed. Una sed que nunca se aplaca. Sed de libros. La que ella nos inculcó, con sus lecturas, con su pasión cada semana.

Aquel recuerdo nunca se ha alejado de mi. Aquel aula. Esa tarde. Hay enseñanzas en la vida de las que no podemos escapar. Pasiones. Personas. Los maestros tienen la posibilidad de brindarnos algunas, en esa etapa en la vida en la que brillan las cosas más esenciales, las primeras veces, las que quedan impregnadas para siempre en nosotros. Después, ¡cambia tanto la vida al crecer! Parecía que los recuerdos se quedaban atrás, pero no. Se siente de repente una pausa, y te das cuenta de que la literatura era aquello, esa plenitud, y que a diferencia de otros milagros siempre puede repetirse; siempre habrá un libro, con toda su verdad flotando como una mota de polvo, visible solo a la luz, que nos zarandeará. Nunca lo olvidaremos después. Tampoco a esos maestros de la infancia que nos hicieron vibrar.

Fragmento y foto: Patrick Süskind. «El Perfume».

El ser hija.

Tippi Hedren y Melanie GriffithSer hija es para siempre, no importa cómo sea la madre. La hija siempre existe. Ser hija es un viaje. Hay montañas. Hay ríos. Siempre hay una cueva. A veces se está perdida. Durante un largo tiempo ser hija es confuso. ¿Cómo explicarlo? Es una batalla, inevitable quizás, no lo sé. Se pelea. Comprendes que de alguna forma debes pelear. Eso crees. No pararás de hacerlo hasta mucho después. Estás sola con tu madre, a pesar de todos los hermanos, primos, el padre, los tíos… Es una cosa entre mujeres nada más. Es una lucha que marca. Desprenderte de la madre, alcanzar a la madre. Siempre la llevarás contigo, a tu madurez, a tu vejez. Ser hija es una condición de la cual el ser mujer se produce. Alrededor de una hija a veces hay otras mujeres, pero madres no. Solo puede haber una. Solo se lucha con una para llegar al lugar donde ella ya está, el ser mujer. Es lo primero que descubres al ser hija: que debes llegar donde ella ya estuvo, está.

La madre es un espacio para hacerse. Con ella, a pesar de ella, a través de ella. Así sucede. Nacer encerrada en ella, y luego salir, poco a poco, y tener miedo. También ella tiene miedo, claro. Y luego la amas, y qué amor. Hay una poesía de la madre que ni ella misma conoce. Tendría que remontarse lejos para darse cuenta, lejos de ella misma, y no se puede. Lo que ser hija significa tal vez se diluye al ser madre, no lo sé. Puede que esto sea falso y que el ser hija no se diluye nunca. Cuando aparece la madre de golpe vuelve el ser hija. Siempre. De ninguna soledad puede sacarte una madre. Es algo distinto. Su presencia alude a las cuestiones más elementales. Lo cual puede ser bueno o malo; según qué hija fue esa madre, así la hija que se será, y la cadena es un continuo fluir entre mujeres, de madre a hija, de madre a hija, un no acabar. De cuando en cuando esa cadena se rompe. Deja de haber hijas y de repente esa sucesión de mujeres se ha quedado colgando, sin consecución; los últimos ovarios de la cadena no han reproducido nada. Pudiera parecer que la hija estuviera obligada a continuar la cadena. Otras veces ser hija es ser la madre a la vez, y eso es confuso. Porque hay hijas que, a pesar de ser madres, quieren seguir siendo hijas antes que nada.

Al final todo acaba pasando y te das cuenta de que nada es muy importante. Es por eso que se vuelve a la madre. Vuelves al verano, y te gustaría estar de nuevo bajo el peso de aquel calor de infancia, ese calor que ya no volverá salvo en forma de recuerdos. Y te das cuenta que la vida está hecha de eso, de recuerdos, y que la felicidad es el calor que dejaron, y que todo es agridulce, más o menos así.

La foto:  Melanie Griffith y Tippi Hedren.

 

Cuatro propósitos para ser mejor persona (y quizás peor escritor)

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Y esto, ¿por qué? Pues porque el 15 de octubre nació Italo Calvino (1923-1985), al que amaré siempre por Las ciudades invisibles (si no lo habéis leído, estáis tardando):

Ahora, mis propósitos para octubre:

  • No me enojaré con los que no leen fantasía porque «la fantasía no existe». Mienten. La ficción está en la vida real y la vida real es ficción. La fantasía nos explica esto.
  • No desconfiaré de los que nunca han celebrado su «no cumpleaños», o ni siquiera saben lo que es. También mienten. Ya se sabe que cuando un niño nace existe para siempre, por mucho que se crezca. Entonces, ¿tienen al niño interior amordazado? Ay, qué miedo.
  • No sentiré lástima por los que afirman no querer viajar. ¿Ni siquiera una vez? ¿nada? Va, ¿ni un poco?  Nada que añadir.
  • Y, por último, no sentiré miedo de los que nunca, jamás, recuerdan sus sueños al despertar. Pero reconoced que lo dan. A mi me gusta la gente a la que oigo soñar. Y sé por qué lo digo.

Por si os pica el gusanillo, este extracto:
«En el centro de Fedora, metrópoli de piedra gris, hay un palacio de metal con una esfera de vidrio en cada aposento. Mirando dentro de cada esfera se ve una ciudad azul que es el modelo de otra Fedora. Son las formas que la ciudad habría podido adoptar si, por una u otra razón, no hubiese llegado a ser como hoy la vemos. En todas las épocas alguien, mirando a Fedora tal como era, había imaginado el modo de convertirla en la ciudad ideal, pero mientras construía su modelo en miniatura, Fedora dejaba de ser la misma de antes, y aquello que hasta ayer había sido uno de sus posibles futuros era solo un juguete en una esfera de vidrio». Italo Calvino, Las ciudades invisibles.

La foto,  un grabado de Gérard Trignac (Burdeos, 1955), que ha ilustrado Las ciudades invisibles de Italo Calvino. Si os gusta, no os perdáis el resto de su trabajo: http://www.trignac-gerard.com/-Gravures-