Mi voz, tu voz, su voz

No escuché la voz completa de Chiara hasta hace poco; llevaba yo un año aprendiendo su idioma natal cuando un buen día ella me habló en italiano. Antes de continuar he de aclarar que habla perfectamente el castellano, pero el cambio manifiesto en su voz era sorprendente: su voz era otra. El castellano le había sustraído de alguna forma cierto timbre de su sonido propio, una pérdida leve pero consustancial a ella; no era solo la musicalidad en el habla, sino la repentina cercanía natural a su lengua materna (lo que nos hace sentirnos identificados y ubicados en esta). Hay un halo de verdad en la lengua propia que se diluye cuando nos expresamos en otra, por bien que la conozcamos. Una verdad de nosotros que se revela al hablar en la materna, que se distancia al hablar en la ajena. La ductilidad innata a la hora de expresar las emociones involuntarias más sutiles, tanto como las conscientes. También percibo una distancia emocional en mi experiencia cuando leo en otras lenguas, como si esos centímetros de lejanía impidieran el desarrollo de las emociones con la misma intensidad.

Terminando en estos días el cuarto volumen de la tetralogía que empiezo a publicar en octubre, me pregunto cuánto de mi voz escrita se perderá o transformará si llega a ser traducida. Cómo será percibida la obra en esa otra lengua, cómo confluirá mi sonido con el del traductor. Una obra traducida tiene dos voces: la visible, del autor, y esa otra, la del traductor, que cuando es respetuosa trata de ser invisible, como un susurro que intenta mostrar sin molestar. Pero, ¿es posible esa invisibilidad? Quizá sea más realista entender que una obra traducida no es solo la obra del autor, sino una melodía a dos voces. Siendo esto así, el traductor no sería solo tal, ni tampoco un intérprete, sino la voz del autor en ese otro idioma. Como si se hubiera quedado mudo y él le prestara su voz para expresar su música. Lo más fascinante de todo es que, además, siempre hay una tercera voz, de la que no sabremos nunca nada ni autores ni traductores. La voz íntima y privada del que lee, puesto que cada lector aporta su sonido al hacerlo: recrea la obra con su voz propia.

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