Ni pudorosos ni cobardes: honestos

https://i2.wp.com/estaticos03.elmundo.es/elmundo/imagenes/2008/02/21/1203585153_0.jpgQué octubre. Uno avanza. Día tras día. Avanza siempre, es la condición vital. Octubre avanza, la vida avanza, no puede evitarse el devenir, las constantes noticias (casi nunca buenas) que nos bombardean en esta actualidad interconectada, difícil de silenciar. Sí se puede pelear, eso siempre. Por eso se escribe. La literatura es una forma de rebeldía. Escribimos porque queremos cambiar algo, porque buscamos respuestas, porque nos cuestionamos la realidad y a nosotros mismos. Me pregunto si leer no es también ser rebelde. El que lee, ¿no lo hace —consciente o inconscientemente— porque busca respuestas, porque se cuestiona la realidad? Por eso repruebo los libros que no son honestos. Porque sin esa franqueza podremos obtener un libro, pero no literatura, y sin literatura, la vida sigue siendo un jeroglífico. No quiero libros pudorosos. No quiero libros cobardes. Menos aún libros correctos. Yo quiero libros que me reten, que corten en pedazos mis puntos de vista, mis prejuicios, mis creencias. A las personas las busco de la misma forma. ¿No es lo que hace la vida con nosotros, zarandearnos? Cuando hay una persona así, con esa capacidad transformadora, la gente medianamente sensible se agita, vibra todo alrededor, como si recibiese ondas eléctricas. Sientes una especie de respingo que te activa, o todo lo contrario, un ahogo que te lleva a abrir  mucho los ojos. Yo creo que las personas y los libros son parecidos, que el mundo es una gran biblioteca. Nadie vigila, nadie está pendiente de nosotros, de si pecamos, de si amamos, de si nos rompemos por el camino. Solo pasa el tiempo como pasan las páginas de un libro. Así, vamos asimilando las palabras, comprendiendo el jeroglífico. Un buen día morimos, y no sabremos si habrá nuevos libros, solo que hemos leído. Que hemos vivido.

En la foto, Franz Kafka en una calle del caso antiguo de Praga.

«Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dice tu carta? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hagan felices podríamos escribirlos nosotros mismos, si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo» (Franz Kafka. Carta a Oskar Pollak, 1904).

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