La fiebre de lo útil

El nombre de la rosa maestro y discipulo

Cada época tiene un carácter, cada tiempo, y no hace falta esperar a que pasen los años para mirar desde la distancia y saber cómo fue el momento en que vivimos. Basta con tener los ojos bien abiertos, con mirar. Mirar, por supuesto, inquieta. En según qué circunstancias da miedo. Todo está demasiado cerca. Si quieres cambiar algo y no puedes al miedo puede sumársele la angustia. Pero miramos; es la condición humana, tener ojos. Algunos de reojo, otros de frente, algunos a ratos. Otros se sienten más cómodos y protegidos con los ojos cerrados, otros piensan que cuanto más se tarde en mirar, mejor. Qué se yo. La cuestión es que la vida siempre se impone, da igual que tengas los ojos abiertos o cerrados. Y lo que se viene imponiendo desde hace unos años es la fiebre de lo útil. Recuerdo que ya cuando aprobé la selectividad y decidí estudiar Filología Hispánica empezaba a oír aquello de «¿Y eso para qué sirve?», con tono bromista. En mi ingenuidad de juventud yo pensaba que esa obsesión por lo útil pasaría. Han pasado casi veinte años desde aquello y resulta que cada vez más aquel cuestionamiento de la utilidad, el nuevo rasero para medir todo, está omnipresente, arrasando al ser humano a su paso ante el pasmo de unos cuantos.

Estas son las cosas que se hablan en los pequeños círculos de amigos. También se habla en los círculos profesionales de los que nos dedicamos al sector del libro. Cosas como: «Oye, ha cerrado la librería Negra y Criminal». «Sabéis, el gobierno japonés ha propuesto eliminar las carreras de humanidades de la universidad». Ayer mismo, conversando en casa, a la noche, unos cuantos, me dice @Joseca, hablando de los patrones que repetimos: «¿Os acordáis en La lista de Schindler, cuando en el campo de concentración van separando a los judíos por útiles o inútiles… Tú que eres. Yo carpintero. A la fila de la derecha. ¿Y tú? Mecánico. A la derecha también. ¿Y tú? Soy músico. A la izquierda». La fila de la izquierda era la de los inútiles, se entiende. El hombre, en medio de aquel horror, no sabía si estar más horrorizado por su destino incierto o por el propio hecho de que su profesión, la música, ¡la Música!, fuera considerada inútil.

Y todo así. Mires donde mires, la fiebre de lo útil se ha extendido como la peste. El demonio de la ignorancia está ahí, inconsciente, temerario, atronador, decidido a imponerse. Quizá algunos piensen que van a vivir más tranquilos si todo se mide bajo la óptica de lo que se entiende genéricamente por útil (lo que también se puede cuestionar), pero se equivocan. No seremos una sociedad más rica, ni viviremos mejor, ni seremos más eficaces ni productivos. Seremos, eso sí, viudos de nuestra propia existencia. Se puede estar contento, de todas formas. ¿Por qué no vamos a estarlo? Sigue habiendo maestros que despiertan la sed en los chicos, la sed de libros, de conocimiento. Sigue habiendo personas que miran, con los ojos bien abiertos, que hablan en sus casas, en sus trabajos, sobre estas cuestiones, preocupados. Sin embargo, hace falta que estas voces se eleven, porque caminamos hacia un mundo sin humanidades. Sin música, sin historia, sin literatura, sin filosofía. Estamos destruyendo lo que esencialmente nos convierte en seres humanos. Tal vez el camino esté en comprender las palabras de Guillermo de Baskerville a Adso (El nombre de la rosa, Umberto Eco, 1980), trasladando su conversación sobre el amor a esta cuestión, las humanidades: «Qué pacífica sería la vida sin amor; qué segura, qué tranquila. Y qué insulsa.»

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