Los maestros que nos hicieron vibrar.

No es que yo sea muy amiga de celebrar días de nada, quizás porque soy una sosa y un poco ratón de mi casa, pero al enterarme hoy por Blog de libros (@ratasbiblioteca) de que es el Día Mundial del Docente, que recordaba cómo su maestra recomendaba a sus alumnos sus libros favoritos para el verano, no he podido evitar acordarme yo de aquella tarde, llegando al verano. Parece que los recuerdos van quedando atrás, pero no; de repente el azar, un comentario, un día cualquiera como hoy, nos coge por sorpresa y se planta ante nosotros como si fuera ayer. Imaginaos. Quince, dieciséis años. Íbamos al colegio con el uniforme y los calcetines hasta la rodilla, con la mochila, los libros, los cuadernos para hacer los deberes y los lápices en el estuche. Qué calor solo de pensar en el uniforme. Son recuerdos perezosos, los del colegio. Los de la infancia lo son, en general, y uno por eso no quiere volver atrás, yo al menos, porque habría que empezar de cero, y lo de los exámenes, todo lo que rodea en general al colegio, sería lo más cansino de todo. Pero entonces sobrevuela por encima de todos los momentos aquella tarde, que viene a mi memoria, y todo se ve distinto bajo el prisma de la melancolía.

Estamos en segundo de B.U.P., quizás en tercero. En una de las clases de los últimos pisos, ya somos mayores. Es espaciosa. Hay pupitres, hay sillas, una pizarra, alumnos, una profesora, hay ventanas, cuadernos. No hay teléfonos móviles, no hay ordenadores ni internet en nuestras cabezas. Eso no existe, no sabemos que existirá, no importa. Nos sentábamos en nuestros sitios pisando aquel suelo de piedras castañas y grises, y nos alborotábamos, nos reíamos sin ton ni son, estábamos vivos y nos sentíamos atormentados (eso nos creíamos, poco sabíamos entonces sobre ese estado en realidad). Milagros, la profesora de literatura, hace un receso para leernos algo. Abre un libro, se apoya en la mesa, de pie, ordena silencio. Al principio hay algunos murmullos, algunas bromas. A algunos les da la risa. Nos reímos por casi todo. Lo normal. Pero de súbito lee, y su voz se transforma en agua. Con ese timbre tan particular de quien ya ha conocido la belleza, despliega sobre nosotros este torrente de palabras:

«—¡Ajá —exclamó Terrier, satisfecho, dejando caer la mano—. Así que te retractas de lo del demonio. Bien. Pero ahora ten la bondad de decirme: ¿Cómo huele un lactante cuando huele como tú crees que debe oler? Vamos, dímelo.
—Huele bien —contestó la nodriza.
—¿Qué significa bien? —vociferó Terrier—. Hay muchas cosas que huelen bien. “Un ramito de espliego huele bien. El caldo de carne huele bien. Los jardines de Arabia huelen bien. Yo quiero saber cómo huele un niño de pecho.
ELPERFUMELa nodriza titubeó. Sabía muy bien cómo olían los niños de pecho, lo sabía con gran precisión, no en balde había alimentado, cuidado, mecido y besado a docenas de ellos… Era capaz de encontrarlos de noche por el olor, ahora mismo tenía el olor de los lactantes en la nariz, pero todavía no lo había descrito nunca con palabras.
—¿Y bien? —apremió Terrier, haciendo castañetear las uñas.
—Pues… —empezó la nodriza— no es fácil de decir porque… porque no huelen igual por todas partes, aunque todas huelen bien. Veréis, padre, los pies, por ejemplo, huelen como una piedra lisa y caliente… no, más bien como el requesón… o como la mantequilla… eso es, huelen a mantequilla fresca. Y el cuerpo huele como… una galleta mojada en leche. Y la cabeza, en la parte de arriba, en la coronilla, donde el pelo forma un remolino, ¿veis, padre?, aquí, donde vos ya no tenéis nada… —y tocó la calva de Terrier, quien había enmudecido ante aquel torrente de necios detalles e inclinado, obediente, la cabeza—, aquí, precisamente aquí es donde huelen mejor. Se parece al olor del caramelo, ¡no podéis imaginar, padre, lo dulce y maravilloso que es! Una vez se les ha olido aquí, se les quiere, tanto si son propios como ajenos. Y así, y no de otra manera, deben oler los niños de pecho. Cuando no huelen así, cuando aquí arriba no huelen a nada, ni siquiera a aire frío, como este bastardo, entonces… Podéis llamarlo como queráis, padre, pero yo —y cruzó con decisión los brazos sobre el pecho, lanzando una mirada de asco[…]»

Fue una especie de huracán silencioso. Recuerdo que la mayoría, incluso los que no leían ni a tiros, le rogaron tímidamente que continuara. No lo hizo. No hacía falta, media clase se había enamorado de aquel libro.

Como todo gran profesor, Milagros nos metió la sed en nuestras cabezas. Para muchos, desde entonces, leer fue un no parar. Siempre pedíamos ese receso para que nos leyera algo. Íbamos luego como locos a comprar el libro. Lo devorábamos. Nos lo bebíamos. Por esa sed. Una sed que nunca se aplaca. Sed de libros. La que ella nos inculcó, con sus lecturas, con su pasión cada semana.

Aquel recuerdo nunca se ha alejado de mi. Aquel aula. Esa tarde. Hay enseñanzas en la vida de las que no podemos escapar. Pasiones. Personas. Los maestros tienen la posibilidad de brindarnos algunas, en esa etapa en la vida en la que brillan las cosas más esenciales, las primeras veces, las que quedan impregnadas para siempre en nosotros. Después, ¡cambia tanto la vida al crecer! Parecía que los recuerdos se quedaban atrás, pero no. Se siente de repente una pausa, y te das cuenta de que la literatura era aquello, esa plenitud, y que a diferencia de otros milagros siempre puede repetirse; siempre habrá un libro, con toda su verdad flotando como una mota de polvo, visible solo a la luz, que nos zarandeará. Nunca lo olvidaremos después. Tampoco a esos maestros de la infancia que nos hicieron vibrar.

Fragmento y foto: Patrick Süskind. «El Perfume».

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