Los besos ausentes

Los besos incorpóreos, esas ondas suaves que no damos, son cachorros de la ausencia; esos besos sin hacer -que no llegan a tomar forma porque no se entregan, y aun así son percibidos en su potencia de llegar a ser a instancias del anhelo-, poseen una naturaleza ambigua. 
El beso está hecho para salir del recinto interior, y proporciona paz al ser entregado. Mas cuando se le contiene dentro, cuando se le reprime, el beso nonato produce una herida, tanto en el que no lo dio como en el que lo esperaba y no lo recibió. Ese sonido del alma silenciado – por la razón que sea-, deja una aflicción: la desolación del beso que quiso ser y no fue. Había nacido para ser baluarte del corazón y solo llegó a ser profeta de lo ausente, herida de lo incierto, cauce de la peor soledad.

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El lenguaje más allá

La palabra pare el lenguaje; mas le alumbra prural, en dos planos yuxtapuestos: 

El lenguaje de ecos. Amorfo, desordenado, más audible. Compuesto de palabras descortezadas, se consume y es el más cercano al hombre, a su acción.

Y el lenguaje profundo, el que vive en los ínferos en reposo -donde las palabras no están colonizadas-, es pleno y transparente, puro. Es indeleble donde el primero es furtivo. Lo experimentamos a través de lo poético, pues es esquivo este lenguaje y la poesía puede darle uso sin pervertirlo, por su carácter sólo útil per se y por su lucidez (ya que lo autotélico y lo lúcido dan lugar a la poesía). El lenguaje profundo no puede ser gobernado por el hombre. Es más, si este lo roza gracias a la Poesía, convierte al hombre en servidor. 

Más allá del lenguaje profundo está la música, donde se apagan las palabras, mas, como este, la música es plural. Está la música de ecos y está la profunda, que está más allá, que subyace a la primera, y que no puede ser gobernada. 

La vocación propia

Se siente la vocación artística como una lucidez del alma, un respirar entre la elevada, meticulosa densidad de lo que nos rodea. Esa disposición ineludible nos fecunda y viene a obnubilar las otras zonas de la vida, que quedan como avasalladas. Y, ¿cómo sostenerse en ella, si conforme avanza tambalea todo lo demás? Sabedora de que por fin ha encontrado el medio adecuado para conformarse -esa mujer, ese hombre-, se instala en el mismísimo núcleo de su ser; se erige alentando a la vida mas creando a la vez sombras a su paso. Una vez me preguntaron si no podía dejarse de lado tal disposición. Si se puede -que de todo es capaz el ser humano-, me pregunto si abandonar la vocación propia no es como abandonar el amor, aun amando. Me pregunto qué agujeros deja en el alma hacerlo; si se deja de amar después de haber abandonado el amor; si se vuelve uno a sentir vivo.

 

Yo, ¡ya estoy tan lejos!

Feliz #DíadelaPoesía.

Este año escribiré cosiendo heridas.
No las de los demás, esas no,
escribiré para sellar las mías.
Para convertir las venas abiertas
en ríos de vida vivida, y para no repetir
los días de calles y aceras
pensando
pensando
en rostros de hormigón
en los vientos de antes
y el olor de la bajeza.
Este año escribiré, me llenaré toda de letras
y no pondré nombres a las cosas.
Y si soy perseguida de nuevo por la tribu,
¡ay, si vuelven a quemarme cerraré los ojos
a sus castigos de llamas y fuego!
Me acostaré a la orilla de los libros
con los pechos rebosantes de versos,
con los pelos prendidos y llameantes
los ojos, y se dará cuenta entonces la tribu
que sólo quedaban de mi los hilos,
que sólo pudieron quemar eso.
Yo, ¡ya estoy tan lejos!
pensando
pensando
en mis perlas de agua
que padecieron conmigo
que me mecieron,
pensando.
Este año escribiré, lo escribiré todo.
Quienquiera que yo fuera, soy de nuevo.
Y escribiré
como si la lluvia fuera a tragarme
sobre hielo y deshielo
sobre las ausencias dispuestas
sobre vosotros
sobre las miradas perpetuas
y cansadas, sobre mí, pensando:
quienquiera que yo fuera, no era nada.
Yo, ¡ya estoy tan lejos!

El intento de escribir

Me aferro al lenguaje para sobrevivir al lenguaje. Por eso escribo, pero soy una eterna candidata a mi propia idea. ¿Por qué lo intento, si no consigo hacerlo como quiero? No soporto mi imperfección, pero soporto menos dejarla sin perfeccionar, y por eso no acabo. Tallar hasta hallar el matiz sutil que no llegará nunca salvo en mi cabeza. El lenguaje es inaprensible. Las palabras se exhiben como frutos en el árbol, pero cuando trato de cogerlas, se desvanecen. Cada día lo intento, pero ni siquiera es un intento justo. Es parecido a un juego, disfrutas pero te sabes perdedor. Ese intento autotélico ha invadido mi tiempo, escribo como una rueca endemoniada, sin parar, y gozo; en los huecos que me deja la vida lo hago frente al teclado, en los tiempos en que la vida  me ancla lo hago en mi cabeza. Parar, no lo hago nunca. Siempre estoy escribiendo, incluso cuando leo. Tallo, tejo, hilo, obviando la frustración hasta que acaba la jornada. Durante el día escribir es una hoguera. Por la noche es cuando pienso en la imperfección, en todo el barro que he dejado. Si no me contengo, me levanto y sigo escribiendo, intentando arreglar, mejorar, conseguir, obtener. Si me contengo, consigo cierta placidez y acabo distrayéndome. Y, por fin, me perdono mis imperfecciones porque creo, siempre a la noche, que el sentido es escribir.

 

Carne y conciencia

Quisiera a momentos vivir sólo en la carne. Navegar en ese reino solitario de la conciencia es faenar. Ahí se pena. También se medita, se cree uno trascender, se hurga, se siente uno pleno; pero si te aturdes y caes, después sólo existiendo en la carne se alivian los infiernos de la mente. Vivir en la carne es manifestarse en la vida, no temerla; temer me parece la peor de las condiciones humanas. Pero ahí estamos. Viviendo, temiendo, faenando. Una vez el ser humano mira, ya no puede dejar de observar. Está preso de su conciencia. Ocurre como con el tinnitus, ese sonido agudo, monstruoso, que oímos en el silencio profundo. Una vez lo percibes no puedes dejar de notarlo. La conciencia es igual. Una vez escuchas la voz de tu mente ya no se va nunca. Siempre ha estado ahí, como el tinnitus. Lo raro es observarla, percibirla como un ente aparte al yo, aunque nos identifiquemos con ella. ¿Nos pertenece? Se faena, se medita, se vive. La conquista es vivir en el presente, carne y conciencia. Del futuro no sé nada, el pasado se esfumó. Así es la existencia humana para algunos. Otros vegetan.

 

Rua das Janelas Verdes

Hay, por cierto, una calle en Lisboa, un bálsamo para el alma desasosegada. Rua das Janelas Verdes es el nombre; pienso a veces en ella, me gustaría volver a caminarla. Por la mañana en verano es fresca, el sol se filtra entre los edificios viejos del oeste besando a los del este, que lucen cálidos y dorados. La calle es larga, el suelo de piedras irregulares, a ondas como en toda Lisboa, y huele a pan. Es poco transitada a pesar del museo de arte al final de la calle, que no atrae a los turistas. El aire delicado se cuela en forma de brisa, los oídos perciben las texturas cambiantes y lejanas de los coches lejanos; solo una persona, dos a lo sumo, puedes cruzarte muy de mañana en las janelas verdes. Los ojos no se cansan, el corazón se aquieta. El silencio oscila bajo tus pasos, pero es un silencio que no es, un silencio del que emana un leve y armonioso sonido: es el nombre de la calle, que se susurra al caminarla, que aplaca el desasosiego del alma al ritmo de la belleza. Puede carecerse de ambición, también de curiosidad, para disfrutar de la calle, más es necesario sentir un desasosiego acodado en el alma para que la rua pueda imprimir en uno todo su sentido.

Yo quisiera no volver  a la rua das Janelas Verdes; no volver nunca para poder añorarla siempre. Así pasa con los lugares que se apropian de uno. Tal es su carácter: indelebles en la memoria, vulnerables al regreso, al que parecen rehuir.

 

A Isabel, que me echa en falta si no escribo; a quien echo en falta si no me lee.

Encuentros

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Resulta que en las horas abandonadas, en los domingos sin suerte, en las líneas más delgadas de un instante que se escurrió, hoy mismo por la mañana, alguien lee esto. Yo paso las horas en los libros, presiento que en ellos hay, no respuestas, preguntas. Otros (los que escriben) se hacen las mismas preguntas que yo u otras nuevas, apuntan sus caminos y la vida cobra realidad, el sentido que nos niega, en la lectura. Respuestas, en los libros, tal vez no hay.

Pienso que los lectores «crean» los libros; que formulan, hilvanan sus propias respuestas a través de ellos, mientras estos establecen senderos, perímetros, islas en las cuales pensar y disfrutar. Eso entre otras cosas hallo yo en los libros. Resulta que ahora otros leen lo que yo escribo aquí y me llegan a veces sus mensajes sobre sentimientos o preguntas similares, sobre sentirse identificados o sobre el disfrute o el alivio. Es verdad que uno se siente reconfortado al escribir (no estoy nada de acuerdo con que la escritura duele, eso que se oye tanto por ahí: lo que duele, acaso, es la vida; la escritura alivia en todo caso; la lectura también). También uno se siente reconfortado al compartir lo que ha escrito con otros; más aún. Ni que decir tiene que la sensación de que ellos vuelvan una y otra vez a este lugar por hacerse, quizás, las mismas preguntas que yo, destierra sensaciones solitarias. Pero no es ahí adonde quiero llegar hoy, sino a la sensación final de que somos todos mucho más parecidos de lo que creemos. Hay una especie de patrón de especie en  nosotros, que bajo nuestra experiencia única e irrepetible de la vida, nos hace vivirla de formas similares. Tal vez al leer es eso lo que buscamos y lo que hallamos en la ficción: la certeza de que otros experimentaron lo mismo que nosotros, ese íntimo vértigo vital del que no se suele hablar más que en los libros.

No hay misterio más embelesante que la mirada abstraída de alguien que lee. Rembrandt también se fijó en eso. Pasó horas contemplando a su madre leyendo para realizar el cuadro de la fotografía.  

Inventos extraños

Qué extraños los años; para algunos la edad es algo abstracto y nos desubicamos en esos momentos en los que el personaje de un libro es descrito como un hombre mayor a los cuarenta y tres; o cuando algún amigo te dice, viniendo a cuento de algo, “ya somos mayores”. Esas cosas. ¿Lo somos? ¿Es que la edad existe?, nos preguntamos entonces los que no nos enteramos de que el tiempo en las personas se traduce en etiquetas, que de cada edad se espera algo; que se comprendía que haríamos o sentiríamos algo en cada década, algo propio, como ver envejecer el espíritu. Pero nosotros, los que no nos cosimos a los años, nos sentimos desconcertados a veces; tal vez nuestro espíritu es una gallina huyendo del matadero; tal vez las gallinas son los otros y estamos por darnos cuenta que es un problema de especie; tal vez solo sea que a veces el lenguaje no configura la realidad sino que la deforma, la apresa, y palabras como “edad” o “años”, por más que las repites, cuanto más lo haces de hecho, pierden un sentido que tal vez nunca tuvieron. No es lo único que la humanidad ha inventado.

Cualquiera

Y todas las ideas que tienes de ti mismo se deshacen y sale a flote, se descubre, un pajarillo encogido; tal vez es lo que fuiste o hubo siempre; ¿es por ello que se te encogen las alas frías, entumecidas entre los almohadones, cuando vislumbras los futuros sin coser…? En la noche del sábado, dentro de las horas en fin, te lleva el momento de la mano a ese espacio -a todos nos lleva y nos aturde, nos abre los ojos y entonces temblamos-, y te suben los miedos, esos que no te gusta ver. ¡Para qué…!
Pajarillo mojado, alas encogidas, alma pueril atravesada por los estallidos de la noche. No tiembles, ya lo sabes: mañana, cuando despiertes, se habrá aplacado el hambre en busca de sentido verderrenacentista, hasta la próxima vez, aquí en este Madrid neodecadente, neomediocre, neoconsumista, que por cierto podría ser cualquier sitio. Como cualquiera puedes ser tú.

Por y para

En la vida de toda persona el por es un timón, el para una carga. Por es ilusión, para el compañero del gato pobre, el ancla que te deja los pies fríos. Por es un amigo, para un amor que no llega. Os aviso, navegantes, que los objetivos, los para, van creciendo en la vida de uno como las flores de un prado silvestre, pero ensombrecen cualquier tarea a la que el ser humano se dedica. No hagáis vuestras mayores aficiones para algo sino por algo (por placer, a ser posible, pero también por amor, o por curiosidad, o por simple apetencia). No hagáis las cosas para, pues unido a los para suele venir el verbo «conseguir», madre de todas las frustraciones. Toda la existencia humana está fundada sobre este equívoco linguístico, sobre este malentendido. El para, quizás, nunca debería haber existido. Pero ahí está, medrando sobre nuestros cuerpos invernales, poseídos por los objetivos en lugar de por motivaciones. Mas se puede volver a ser artesano de lo propio. Se puede, pero uno se siente encogido, indefenso, sin metas, al principio. Sólo después se comprende que se ha sido prisionero de un carnaval de lo absurdo, una comparsa de lo falaz. Se descubre que los por siguen ahí, disponibles. Entonces uno  encuentra la paz del artesano; y se siente sonreír.

Aviso: estoy en plena tarea de escribir la cuarta novela de la saga que publico el próximo octubre, zambullida de lleno en los por. Puede que esta entrada se haya visto influenciada por esto.

Viajes en el tiempo

¡Si pudiéramos hacer viajes en el tiempo! Si pudiéramos trasladarnos a la fascinante Edad Media española, al Renacimiento italiaLa_Verdad,_el_Tiempo_y_la_Historiano, la Grecia clásica, el mundo azteca o la China de la dinastía Ming, ¡ah, si pudiéramos! ¿Quién no ha fantaseado alguna vez con esta idea? ¿Qué persona, medianamente lúcida, apasionada de la cultura, no querría conocer de primera mano la historia?

Pues si la humanidad pudiera viajar en el tiempo yo reprimiría mi curiosidad. Ataría bien fuerte mis impulsos y no viajaría atrás en el tiempo. Aunque me acusasen de cobarde o me echaran en falta cierta carencia de curiosidad, no lo haría. Dejaría que otros lo hicieran y me contasen. Otra cuestión es que yo fuera hombre o pudiera cambiar mi cuerpo de mujer por el de un hombre, y así hacer ese viaje con el seguro a todo riesgo o al manos a terceros que les da el patriarcado. Entonces sí dejaría volar mi curiosidad hacia todo el pasado posible y viajaría a nuestros orígenes, ¡vaya si viajaría! Pero siendo mujer, los viajes, en el tiempo o no, se conciben de forma distinta. Da que pensar.

El cuadro: La Verdad, el Tiempo y la Historia, de Goya.

 

Penas y cosas

Algunos objetos (el teléfono, un ordenador, la tele) me despiertan sentimientos genuinos, de una especie distinta a los que me despiertan otras cosas. Como un pena despectiva. Todo esto tiene que ver con que me he dado cuenta que me he hecho extraña al teléfono fijo. Este alienígena me resulta ahora una pobre y triste cosa a momentos ridícula. Está fuera de su tiempo, y hay como un desprecio del presente, pero claro, hay que entender algo: cuando suena el fijo suele oírse un teleoperador al otro lado, en su defecto una máquina, con el mismo objetivo: una encuesta, el ofrecimiento de un servicio, etc. Es lo que pasa más a menudo. Al móvil es ahora donde me llega ahora lo personal, vía voz o por palabras silenciosas, y sobre todo por estas. El lenguaje escrito predomina en casi todas mis comunicaciones a distancia. Y me he ido acomodando a ese silencio, a leer y escribir a mi gente más que a oírlas. Como leer y escribir me gusta, esto se ha convertido en una comodidad plácida para mí, pero ha contribuído a aumentar mi pereza por la vieja cosa. Se me despierta incluso una leve antipatía cuando suena el teléfono en la mesa, nada interesante suele venir tras su sonido ya, y me dan ganas a veces de descolgarlo y volverlo a colgar sólo para que no suene. Poco a poco me pasa lo mismo con la televisión. Me he acomodado a internet, y a la vieja caja ruidosa, previsible, programada, la voy mirando ya con algo de ojeriza, con algo de pena. Pobres objetos. Ay, no sé. 

Caracolas y delfines

Y resulta que te llega la invitación a los momentos felices. En un país como España, tan azotado por la desigualdad, en un mundo como este, una invitación así es algo extraordinario; pero a todos nos llega alguna vez o de vez en cuando. (Tal vez sólo en eso el azar obra con justicia). Ya que vivimos una existencia delimitada por las costas de la muerte, yo me entretengo en el juego de los versos en lo que otros se distraen en otras cosas, pero ay, cuando me llega esa invitación, ¡lo abandono todo! Abandono la vera del papel y todas las letras posibles para aprovechar la oleada: las risas sucediéndose, los momentos de amor, esa cosquilla placentera que dan las cosas bonitas y banales, el júbilo brincando en tu interior -tan juvenil como siempre fue-, igual que si fuera una trenza perfumada de caracolas y delfines vivientes. ¡Todo lo vivo intensamente entonces! No hubo pasados, no habrá futuros, sólo el dulce clamor del momento que disfruto. Y a la vez una parte de mí a la que no hago caso se queda registrándolo todo como un vetusto y sencillo cronista, intentando no hacerse de notar para no estropearme el momento. Es quizás mi memoria, tratando de apresar las esponjosas nubes de los momentos felices, ya sabemos todos para qué.

Geometría en los paseos

«Buscaba ratos para los paseos. Buscaba pasear siempre que podía, porque siempre era ahí cuando sucedía todo. Igual que a Virginia W. le sobrevenía la vida en las habitaciones -de repente la visión de una marca en la pared interrumpía su lectura y daba pie al pensar, a sus bellísimas indagaciones, a sí misma-, le sorprendía la vida misma cuando paseaba». Sí, creo que cuando muera, el día que me toque, esto bien podría ser algo que dijeran de mí: «Buscaba los paseos, pues era en esos momentos cuando más viva y relajada se sentía. Los párpados no pesaban entonces y el mundo parecía abrirse a sus ojos como una simple amapola que no había que esforzarse por entender. Le bastaba, creo, con oler su aroma en esos momentos, y por eso paseaba».

Mi nombre y mis textos, es todo lo que sabrán de mí cuando muera. La vida se fuga más allá de nosotros sumiéndose al pasado, que la devora en cenizas. Lo he sabido al volver a casa, tras la encrucijada y los remolinos alborotados de las hojas que los árboles escupieron: no sabrán de mí más allá de esto. Y este sabor nostálgico que el paseo me pone en la boca, quedará aquí sólo hasta mañana, pues la vida es  una lección cíclica de geometría.