La felicidad, dos veces

Hay momentos magníficos, como almidonados. Momentos transparentes que me saben a gloria bendita, a miradas fascinantes, a trenes, a todas mis fotografías antiguas -las de papel-, a esa cometa celeste de mi infancia, a jardines y a té, a amistad; a esas sonrisas inolvidables, a los recuerdos felices. Son momentos entrañables; podría componer partituras si supiera traducir la felicidad en un pentagrama. Lo mejor -o lo peor-, es que todo sucede porque sí, sin merecerlo. Y esa cosa abrumadora llamada felicidad se desliza entre las comisuras de una tarde cualquiera. Llega misteriosamente el momento glorioso y como vino, dulcemente, se va. Es entonces cuando una, que ya está de vuelta, se apresura a grabarlo en la memoria. Así se vive dos veces la felicidad. La del instante y la del recuerdo, y no sé cual felicidad es más plena de ambas.

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