Frente al espejo

Cada uno somos dos; eso se siente la primera vez que uno se contempla a un espejo sin otro fin que mirarse a los ojos. Después de un rato, de repente, ese uno no nos pertenece ya. Entonces se percibe la extrañeza de la existencia, un cierto distanciamiento de uno mismo, como si se pudiera contemplar el ser que se es aunque no se comprenda; más o menos como si se fuera dos: el que observa y el observado. Nunca volverá a ser como antes, la unicidad se ha esfumado: es un poco como tener un amigo imaginario que te diga que eres tú el imaginado. Es la percepción de uno mismo, eso que Duras llamaba la “sombra interna”. Tal es la experiencia que nos regalan los espejos.

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