Penas y cosas

Algunos objetos (el teléfono, un ordenador, la tele) me despiertan sentimientos genuinos, de una especie distinta a los que me despiertan otras cosas. Como un pena despectiva. Todo esto tiene que ver con que me he dado cuenta que me he hecho extraña al teléfono fijo. Este alienígena me resulta ahora una pobre y triste cosa a momentos ridícula. Está fuera de su tiempo, y hay como un desprecio del presente, pero claro, hay que entender algo: cuando suena el fijo suele oírse un teleoperador al otro lado, en su defecto una máquina, con el mismo objetivo: una encuesta, el ofrecimiento de un servicio, etc. Es lo que pasa más a menudo. Al móvil es ahora donde me llega ahora lo personal, vía voz o por palabras silenciosas, y sobre todo por estas. El lenguaje escrito predomina en casi todas mis comunicaciones a distancia. Y me he ido acomodando a ese silencio, a leer y escribir a mi gente más que a oírlas. Como leer y escribir me gusta, esto se ha convertido en una comodidad plácida para mí, pero ha contribuído a aumentar mi pereza por la vieja cosa. Se me despierta incluso una leve antipatía cuando suena el teléfono en la mesa, nada interesante suele venir tras su sonido ya, y me dan ganas a veces de descolgarlo y volverlo a colgar sólo para que no suene. Poco a poco me pasa lo mismo con la televisión. Me he acomodado a internet, y a la vieja caja ruidosa, previsible, programada, la voy mirando ya con algo de ojeriza, con algo de pena. Pobres objetos. Ay, no sé. 

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