El rastro del caracol

Andaba siempre escribiendo a trompicones antes. Fue así durante años. Y algunas cosas salieron, tomaron forma, pero había algo en la escritura sin vida, sin grito. Una ausencia. Eran las palabras, que me salían como algo que iba a ser, pero la sustancia estaba en otro lado, quizá delante, no sabía. No sabía qué pasaba, y lo que pasaba es que tenía que vivir. Ahora sólo queda gritar todo, y me pregunto si será posible escribir y vivir a la vez, cuando toda la vida se te ha colado en la escritura, y ya no entiendes la una sin la otra. Ha llegado hasta el banco del parque desde donde escribo esto un caracol cuya concha está teñida de castaños, rojos y amarillos. Se arrastra fatigosamente, como si le pesara el caparazón o la vida, pero parece tener un camino claramente definido. No, no diría que soy el caracol, nunca el camino estará claro para mí, la vida se me antoja siempre cubierta de incertidumbre. Pero acaso ese rastro salivoso que deja el caracol mientras se arrastra sea la literatura para mí. Siempre constante, inherente, adherida; necesitada.

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