El niño que fuimos

escalator-923990_960_720Voy en metro. Hoy hace frío fuera, un suspiro de cordura en este invierno primaveral. Me siento, sola; es principio de línea, pero pronto llegarán más viajeros. Unas paradas más y los rostros empiezan a consolidarse ante mis ojos. Miradas fugaces que evitan cruzarse. Miradas que vuelven, una y otra vez. Ojos que se cierran. Ojos que se lanzan al infinito traspasando el vagón, quién sabe adónde. Recuerdo a alguien. Me dijo que no se puede ser niño y adulto a la  vez. Pienso en ese alguien desde este asiento usado de metro, el gran útero público, mientras miro a los otros transeúntes. No se puede ser niño y adulto a la vez, cuando se crece se abandona el niño; es necesario, me dijo. Como si algunos de mis problemas hubieran venido porque me negué a eso. Como si conservar la infancia te aniquilara. No supe qué decir entonces. Sin embargo, no es lo que revelan las caras de los demás. No sé si se puede llegar a ser adulto, pero niño no se deja de ser nunca. El niño que fuimos no se va porque no puede irse. Está impregnado en cada rostro que veo en el metro. Es fácil mirar las caras y adivinar el niño que permanece tras la sombra de lo adulto, que no es más que el paso de la vida. Incluso las arrugas más marcadas (que no son las de la edad), no pueden ocultar al niño. Miro a los compañeros de viaje y descubro al niño miedoso, al que se sintió solo, al que le encantaba escuchar; suben más pasajeros al vagón, y los niños siguen desfilando: el que tuvo problemas con otros, el que sufrió de timidez, el que sonreía siempre, el que fantaseaba, el que tenía celos; aquel al que los mayores le parecían raros, y al que le gustaba más que nada en el mundo pasar el tiempo con su abuela, el que no soportaba la autoridad, el que lloraba a menudo y no decía a nadie porqué.

El adulto es siempre menor que el niño, es una consecuencia del infante. Este puede ser ignorado o escuchado, puede estarse a gusto con él o no, pero no se irá. Para desprenderse del niño la única vía quizás es morirse, si es que así acaba algo. En la vida se oye al niño, si se quiere, por las noches. Es el reducto de sabiduría más íntimo de cada uno, el que nos indica los caminos, los miedos, las angustias y los pequeños goces, que son los más grandes, los únicos verdaderos. Toda la vida es un constante ser niño, una vuelta al niño; el viejo es más niño que todos. El niño no tiene sexo, la infancia es universal y las etiquetas vienen después, son algo ajeno al niño nuestro y lo serán para siempre, nos muestran adultos extraños que no somos. El niño en mi cierra los ojos con violencia ante lo feo y tiene la piel de cristal. El adulto que soy se obligó a transformar la piel en corteza para sobrevivir, y es desde el niño desde donde escribo. Ahora salgo del vagón-escuela, dejo al resto de niños-adultos que siguen su camino y sus vidas, y pienso de nuevo en aquel niño-alguien, el que creció pensando que no se puede ser niño y adulto a la  vez. Pienso en aquel niño, obediente y temeroso, con sus ojos como paños mojados. Tiene miedo a la vida desde hace treinta años y ahí sigue, con el infante amordazado pero completamente presente. Cuando vislumbro los niños en los otros me doblo por dentro.

Foto: Pixabay

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s