Pintores de nuestro pasado

De golpe un recuerdo te hace intuir la vida. Sin haberlo buscado te la muestra, desnuda como un cristal: puedes verla, no puedes tocarla, y la sabiduría regalada ya se deshace. Pero, ¡qué sensaciones dejó! La tarde plácida, el olor del césped mojado, el canto de los grillos, el arrullo del mar a lo lejos, el calor del verano en el sur. Esa tarde de mi vida, en realidad no tan dorada como en mi imaginación, de
 alguna forma inexplicable me perfila, es una magnolia resplandeciente. Los recuerdos te hacen, te esculpen y nadie puede arrebatártelos ni tallarte como ellos. No volverás a vivir aquello pero el recuerdo siempre quedará, indeleble, impreso en ti como tinta en papel. Por mucho que le caiga agua encima. Nuestros recuerdos están ahí para eso, para impulsarnos a la vida. Tienen piel de mármol, sólo admiten la contemplación como parte del trato, pero les pertenecemos. Acudimos a ellos, tal vez, como buscamos el arte, para entendernos, y de repente nos encontramos y nos comprendemos, efectivamente, un poco. Sí, los recuerdos nos hacen, y los hacemos nosotros también. Somos pintores de nuestro pasado. Qué extraños.

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