Escribir desde el agua

He empezado estos días a escribir pronto, antes de las siete, cuando aún estoy vacía. O más o menos vacía, pero si el sueño no ha sido demasiado intenso lo estoy, y he descubierto que así escribo desde el agua, no desde la tierra y las brasas como escribo a la tarde. Escribir desde la tierra es estar cargado,  necesitar soltar lastre, otra forma de abordar el escribir; con la boca llena de semillas, granos, escarabajos, escenas, ordenadores, actores diversos, momentos dispersos y excrementos, y todo el agua mía ya trasnochada, la carne abrasada y los dos ojos saturados de las cosas. Pero ahora escribo al lado del cielo apenas clareando y pienso que escribir desde el agua es recibir la mimbre y la urdimbre, no necesidad de soltar como a la tarde, y me sienta bien. Se me apaciguan los cocodrilos amarillos. Me vienen erecciones delicadas e impelentes, para penetrar el instante y poseerlo y creerme que ha sido mío, que me perteneció. Pero se fue y sé que no he llegado a ninguna parte, y por eso sigo escribiendo, para llegar; pero bien, tranquila a momentos ya desde el agua, desde las olas descosidas de pelos blancos, sin atreverme del todo a decir que da igual y que tal vez me he reconciliado con la vida.

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