Muñeco de trapo

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Muñeco fabricado de un tejido extraño, dúctil y cambiante. Este polichinela que parece esconderse, se vuelve opaco al tacto de unos y de súbito es como el cristal para otros. Se muestra o lo descubren, y entonces se hace persona.

¡Al fin alguien me entiende!, le oigo susurrar. ¡Al fin alguien comprende mis sonidos destartalados, esa lana azul y enrevesada de dentro, sin preguntar! Todas esas partes de cuerpo cosidas y rellenas de vida intensa, las facciones dibujadas sobre la tela, dos botones por ojos, todo eso. Al fin tendré unas horas de silencio, dice hoy complacido el muñeco de trapo, con su alma de pronto acristalada.

Pero, le pregunto yo, si tanto gozo te supone que entren con esas puntas puntiagudas en tus hebras tumultuosas, ¿por qué no te muestras transparente desde un principio?

Ay, oigo decir a este muñeco en mi. Yo puedo oler el perfume de las miradas, contemplar el interior de una flor, vivir en el dolor supremo y renacer cada día; puedo creer en los colores más profundos, atisbar las celosías del misterio sagrado; puedo besar la repugnancia y transformarme apenas, poseer todas las conquistas del hombre, puedo amar, relinchar los poemas, encenderme al calor de las estrellas, escribir para diluirme del todo y volver. Pero cuanto más desvelo todos esos secretos, menos sé hacer lo otro. Mis palabras se vuelven transparentes, pero mi alma opaca.

A mi especial amigo Javier Ramírez, a la habitación azul, a sus dedos puntiagudos de violinista.

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