Retrato de Juan

No hay que irse a la Antártida para experimentar la nostalgia. Para eso basta saber que Juan se ha ido, quién sabe adónde. Juan, que pasa las tardes haciendo cuadernos con cubiertas de cartón y papel reciclado que luego no vende. Desaliñado, peinado lo justo, se dedica a esta tarea con constancia mientras algunos le instan a ocuparse en algo útil. Él calla. Sabe mejor que nadie que es infructuoso tratar de que otra persona comparta su punto de vista y la importancia de los cuadernos. Se siente, quizás, extraviado, y pensará que es burdo que un extraviado le indique el camino a otro.

A veces puede parecer extravagante a alguien por sus arranques insólitos. Por las noches habla solo, no puede dormir, y llama a gritos a un hermano que no sé si existe. No quiero averiguarlo. Durante el día duerme a deshoras, no para de leer, no para de escribir, diciendo a ratos cosas magníficas. Mente anónima y brillante, no siente interés alguno en ser eminente o afamado, y de vez en cuando se arranca a hablar en la calle o el mercado con cualquiera sobre asuntos como la economía poética (no soy capaz de reproducir fielmente su pensamiento, así que evitaré desvirtuarlo) pues es un pensador, un filósofo. Muchos no escuchan, y se pierden a Juan sin saber que se han perdido el cosmos.

A Juan Caro.

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