El porqué de los domingos

No conseguiré saber nunca el porqué de los domingos. Todo está en calma, en silencio. Flota una inquietud en el aire, tengo que aceptarlo. Ahí es donde voy después de los días. En el extremo del domingo siempre estoy yo.

No sé por qué los domingos se me hacen pálidos, por qué los espero y después huyo. No sé, no sabré nunca, por qué se me abren los ojos, la boca y las manos siempre en las puntas de la tarde, cuando tengo el ánimo ya nublado, agridulce, entre visillos, y sé que todo es un espejismo, también la vida.

No sé qué ocurre los domingos, pero eso que me pasa siempre viene entonces. No sé cómo llamarlo, cuando llega se instala en mi, somos dos conocidos. Estoy yo y está lo otro, y antes de que acabe el día me viene un sentimiento de urgencia, y siempre creo que estoy escribiendo el último poema que podré escribir.

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