Bibliotecarios de internet

No se me viene otra frase posible a la cabeza cuando pienso en internet y en su imparable crecimiento, ese espacio informe en el que se almacena cada día la información que sirve de soporte al conocimiento humano. Y es que internet se me asemeja en algo al Mundaneum de Paul Otlet, cuyo objetivo era construir un centro donde todos los recursos bibliográficos pudieran organizarse para su mejor aprovechamiento. Muchos vieron esta similitud ya, e incluso señalaron a Otlet como precursor de internet, cuyo proyecto arquitectónico simbolizaba en la mente de muchos lectores la biblioteca de Babel. Pero no, internet no es una biblioteca. Si lo fuera objetivaría la memoria colectiva, la haría ilimitada, habríamos creado Babel y los que amamos los libros fliparíamos.

mundaneumInternet no pasa de ser, hoy por hoy, un archivo ingente, caótico, sin amo que lo rija. Y quizá está bien que sea así este monstruo maravilloso que no conoce el orden ni el concierto, pero el caos tiene un precio: el ruido (y no me refiero a este en un sentido acústico). ¿Podrá llegar a existir el silencio en internet, como se da en las bibliotecas?, pregunto. Porque parece que esta maravilla, que dista mucho de haber llegado a su edad madura, se va revolviendo contra el ser humano por su carácter excesivo. La información es tan enorme que se hace imposible de ingerir, ni siquiera de ordenar, calibrar, mucho menos asimilar. La idea de poder acceder a un archivo sin fin y silencioso me seduciría, como sedujo el Mundaneum la cabeza de Otlet. Imagino utópicos bibliotecarios de internet, alumbradores en esta acumulación de información, héroes de lo incierto sabedores de que la organización no atenta contra la libertad en esta selva selvaggia. Mientras sueño con estos anhelados adalides, me resigno a hallar el silencio fuera de internet en la biblioteca pública Luis Martín Santos. Oscurece el día fuera, y antes de regresar a casa me quedo un rato sentada frente a los libros en italiano, apilados en ese orden preciso que tanto facilita la tarea de encontrar uno concreto. Una mosca se da de bruces una y otra vez contra la estantería. Está como ebria, extenuada. La tarde se ha ido, la biblioteca cierra filas, y yo permanezco inmóvil. Ahí quedamos ella y yo, mosca y persona, saboreando el silencio sin fisuras de la biblioteca.

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